lunes, 29 de octubre de 2012

John J. Pershing o el presidente truncado

JOHN J. PERSHING O EL PRESIDENTE TRUNCADO.

Es sabido por todos nosotros que a veces los grandes personajes de la Gran Guerra tienden a ser deificados por sus respectivos países hasta convertirlos en divinidades dotadas del don de la clarividencia o de la infabilidad; por ejemplo al recoger frases sueltas presuntamente pronunciadas por estos seres infalibles, sacarlas de su contexto y aplicarlas a cualquier acontecimiento.
El mejor ejemplo de este proceso de canonización laico es el de Lawrence de Arabia, cuya estela ha continuado hasta nuestros días, pero otro ejemplo es el del general estadounidense John Pershing.

Infancia y formación:

Pershing fue un producto típico de su país y de su época: hijo de la pujante clase media estadounidense (su padre era un discreto empresario); que le vio llegar al mundo (concretamente en la localidad de Laclede, Missouri) en 1860. Por lo visto el futuro general era un buen estudiante, tanto que juzgó innecesario seguir formándose en la universidad estatal debido a su escaso nivel académico y emprender la carrera militar en West Point.
Para entender esta decisión debemos saber algunas cosas acerca del sistema universitario y de la sociedad estadounidense.

A pesar de que la propaganda oficial intenta mostrar a Estados Unidos como la tierra de las oportunidades, lo cierto es que no deja de ser una sociedad anglosajona, con todos los defectos y virtudes de las sociedades anglosajonas. Y uno de los peores defectos es el clasismo, que afecta a todas las capas de la sociedad y por supuesto, a su sistema universitario.
En Estados Unidos (al igual que en Gran Bretaña) las universidades se dividen en dos clases, las elitistas que exigen matrículas de miles de dólares y donde las élites de la nación se renuevan para ocupar los puestos de sus padres en las empresas, en la política o en ambas facetas al mismo tiempo. El resto de universidades son más accesibles, e incluso establecen un sistema de becas para que al menos algunos pobres puedan estudiar, pero aceptando siempre que nunca llegarán al nivel de influencia económica, política y social que dan las universidades más elitistas, no obstante estas universidades de segunda división siguen siendo muy caras para la inmensa mayoría de la gente; y las clases medias con ingresos normales no pueden acceder a la educación universitaria sin hacer grandes esfuerzos o endeudándose hasta la camisa.
Este sistema es bastante imperfecto e injusto, lo que se traduce en una falta crónica de profesionales formados que se suplían (y suplen) atrayendo a miles de técnicos extranjeros con jugosas ofertas de trabajo.

No obstante existe una alternativa para las clases medias y bajas que desean acceder a una buena formación sin arruinar a sus padres: las academias militares o navales.

Tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña, el sistema de academias militares de la nación (aquí excluimos a los “colegios militares”) ofrecen una excelente formación a los futuros oficiales, a cambio de una férrea disciplina y de varios años de servicio a la nación, con la consiguiente probabilidad de luchar, morir y sufrir por la patria. En cierto modo, West Point o Sandhurst eran las universidades de los pobres, como ocurría en España con los seminarios. El mismo Pershing reconocerá que nunca tuvo vocación militar y que si entró en West Point se debió principalmente al escaso prestigio académico de la universidad local.

A pesar de su falta de vocación militar, el joven Pershing comenzó a destacar rápidamente en la academia, siendo premiado con una serie de rápidos ascensos y ciertos honores como formar parte de la comitiva que portó el féretro del presidente Grant en su funeral. Llegados a este punto cabe preguntarse cómo es posible que un cadete sin vocación militar acumulase tantos méritos en el tiempo de su estancia en la academia; la historia oficial de Estados Unidos nos dice que el futuro general descubrió su vocación en West Point como san Pablo en el camino de Damasco, pero es muy posible que en su meteórica carrera se viese ayudado por terceras personas. No obstante, aquí surge una de las primeras contradicciones entre el personaje y su leyenda; Pershing se graduó en el número 30 de una promoción de 77 alumnos. Un puesto meritorio, sin duda, pero lejos de la excelencia que se le debería exigir a un futuro general.

En el año de su graduación (1886) es el de la primera gran frustración del joven Pershing, por lo visto pidió una prórroga en su carrera militar para poder estudiar derecho, pero el ejército le negó esa oportunidad y le mandó al oeste a luchar contra las últimas tribus indias que se negaban a aceptar su triste destino. Las razones de este rechazo se deben básicamente a dos causas, la primera es su número de promoción, si Pershing hubiese estado entre los cinco primeros, posiblemente se habría accedido a su petición, pero siendo un oficial del montón debería mostrar primero sus cualidades ocultas. La otra razón era el arma elegida por Pershing: la caballería.
La caballería convencional estaba sumida en una profunda decadencia tras las guerras de Crimea y de secesión, pero en las guerras coloniales (y eso eran básicamente las guerras indias) la caballería obtuvo una segunda oportunidad gracias a su flexibilidad y rapidez que les permitían ocupar grandes extensiones de territorio con relativamente escasos efectivos.

LAS GUERRAS INDIAS (1887 – 1890)

Cuando Pershing llega al oeste la mayor parte de las campañas indias habían finalizado y a pesar de la mitología asociada a la conquista del oeste, el ejército de Estados Unidos hizo básicamente labores policiales, incluyendo el trasvase de poblaciones indias desde sus tierras de origen a las nuevas reservas.
Lo cierto es que en esos tres años Pershing apenas tuvo algo de acción, aparte de perseguir a las últimas bandas de indios irredentos y de “escoltar” a grupos de nativos a sus nuevas reservas, amén de vigilar las frecuentes fugas de estas mismas reservas. Para 1890 se podía decir que el oeste estaba totalmente pacificado en lo que a los indios se refiere, aunque quedaba el gran problema de los colonos violentos, de los colonos empobrecidos que se veían obligados a delinquir para seguir viviendo, las guerras entre los caciques ganaderos (particularmente violentas en el suroeste) e incluso los frecuentes roces con patrullas anglo canadienses en el norte y mexicanas en el sur.
Quizá la mayor contribución de esta campaña a nuestro personaje debería haber sido la preparación para el tipo de guerra no convencional o colonial, pero como veremos más adelante Pershing aprendió poco o nada de sus años en el oeste.

En 1893 Pershing pudo hacer realidad su sueño de entrar en una universidad, primero como docente al enseñar táctica militar en la universidad de Nebraska y posteriormente llegó a graduarse como abogado en esa misma universidad; eso si, no pudo cumplir su sueño de graduarse en alguna prestigiosa universidad de la costa este. En 1897 aceptó regresar a West Point como instructor; aquella decisión se nos antoja totalmente lógica, de haberse quedado en el oeste la vida de Pershing sería mortalmente provinciana y sin ninguna posibilidad de ascenso militar e incluso social duera del olvidado estado de Nebraska. West Point era pese a todo uno de los centros de poder de Estados Unidos, situado en la siempre influyente costa este, donde presidentes y secretarios de estado (el equivalente estadounidense a nuestros ministros) suelen acudir a dar discursos y fiestas elegantes, semillero de futuros líderes militares... y políticos.
Como es sabido los militares estadounidenses gozan de una inquietante tendencia a entrar en la política (al menos visto desde este lado del Atlántico), y no resulta extraño que combinen su actividad militar con expresiones de tipo político como ruedas de prensa, entrevistas con comentarios “fuera de cámara” como se dice en nuestros tiempos, publicación de memorias, subalternos que loan a su jefe cuando hablan en “privado” con algún periodista que casualmente pasaba por ahí.
En ese aspecto es lógico que Pershing desease abandonar la cabeza de ratón de Nebraska y prefiriese se la cola de león que suponía West Point; asumiendo que tendría que renunciar a las comodidades de la vida provinciana y empezar como simple instructor.

WEST POINT: QUE HABLEN DE MI AUNQUE SEA MAL (1897 - 1898)

En West Point Pershing destacó como feroz instructor que se pasaba el día gritando e insultando a sus desafortunados reclutas; los cuales se vengaron bautizando a su feroz instructor con una lluvia de motes e insultos, el más repetido era el de “nigger” Jack debido a su paso por el 10º regimiento de caballería, formado principalmente por soldados afroamericanos. Aquí es necesario aclarar que “nigger” es un insulto racista que se podría traducir al castellano como negrata. No obstante ha trascendido el único mote que le gustaba “black jack” Pershing. La elección del mote no es anecdótica, como hemos dicho antes West Point era un centro de poder y atención por parte de los poderes federales, y cualquier cosa que destacase y llamase la atención sería objeto de deseo por parte de algún funcionario, general o político que periódicamente se dejaban caer por West Point.
Especialmente por un activo vicesecretario (viceministro) de marina llamado Theodore Roosevelt, que combinaba sus habilidades políticas con el más descarado imperialismo y la demagogia más patriotera.

CUBA, FILIPINAS Y ROOSEVELT (1898 – 1916)

Hasta 1898 la carrera de Pershing parecía estancada: desde su formación como cadete hasta la guerra de Cuba apenas había ascendido a teniente primero y todo parecía indicar que no llegaría mucho más lejos, a menos que Estados Unidos se involucrase en alguna guerra. La razón de este estancamiento se debe a que Estados Unidos copió el sistema defensivo británico basado (a muy grandes rasgos) en otorgar la mayor parte del presupuesto a la marina, siendo el ejército el pariente pobre de las fuerzas armadas.
Además tras la guerra de secesión la sociedad de Estados Unidos acabó muy harta de guerras y conflictos de modo que presionaba a sus políticos hacia una política civil, proteccionista y aislacionista de los grandes conflictos internacionales. Por otra parte la geografía de la nación favorecía este aislacionismo: los dos mayores océanos del mundo separaban físicamente a Estados Unidos de los problemas de Europa y de sus colonias en África y Asia; además los grandes vecinos continentales de Estados Unidos eran demasiado débiles (Canadá) o demasiado pobres (México) como para suponer un problema de tipo militar.
La única necesidad bélica de la gran nación consistía en consolidar el poder de la república en su inmenso territorio, básicamente metiendo en cintura a los indios y a los colonos demasiado revoltosos (y controlar las excesivamente porosas fronteras canadiense y mexicana), de modo que más que un ejército tradicional Estados Unidos necesitaba una gran policía móvil capaz de controlar grandes extensiones de terreno.
Solamente en caso de guerra se procedería a improvisar un gran ejército abastecido por el fortísimo músculo industrial estadounidense y una vez terminado el conflicto, se procedería a disolver la mayor parte de ese ejército como se hizo en 1812 y 1865. Pero en 1898 el interior de Estados Unidos ya estaba completamente pacificado y controlado por el estado central y por los nuevos estados que surgieron de la conquista del oeste, de modo que las necesidades militares de la nación disminuyeron aún más.

El único problema relevante que tenía Estados Unidos era la presencia de poderes coloniales europeos en el Caribe, que cuestionaban la doctrina Monroe y podrían convertirse en una base para invadir el continente, impedir el libre comercio (es decir el saqueo de materias primas baratas de Sudamérica hacia el norte) y especialmente la conquista o el control directo o indirecto del Istmo de Panamá. Y como todos sabemos, la potencia europea con más territorios en el Caribe era al mismo tiempo la menos poderosa: España.

En lo que se refiere a nuestro personaje, la guerra de Cuba fue fundamental en su vida por una razón fundamental: conoció y trabó amistad al menos de manera “oficial” con el influyente político Theodore Roosevelt, que literalmente le catapultó al generalato. La breve campaña de Cuba es donde la realidad empieza a bifurcarse con la leyenda de Pershing, vayamos por partes.
Lo cierto es que la única campaña de importancia en la que participó Pershing fue la batalla de las Lomas de San Juan, donde su regimiento de caballería peleó con cierta bravura, sobre todo al cubrir al ejército privado de Roosevelt en su asalto final a las posiciones españolas; lo cierto es que la mitología surgida en torno a esa batalla es proporcional a la de ambos personajes, sobre todo Roosevelt, que junto a su ejército privado se hizo acompañar por un batallón de periodistas y fotógrafos que se encargaron de loar a Roosevelt y a su oficial favorito, el avinagrado John Pershing.
A pesar de la propaganda, lo cierto es que los generales, el congreso y sobre todo el presidente McKinley (que a pesar de la propaganda española no estaba del todo convencido de la necesidad de entrar en guerra por Cuba y Filipinas) no debieron quedar muy satisfechos con la actuación de Roosevelt y su caballería irregular puesto que se negaron a condecorar a Roosevelt; aquí surge un revelador paralelismo con Lawrence de Arabia, personaje que tras el final de la guerra exigió la cruz Victoria, pero no se la dieron por considerar que exageraba sus méritos y ocultaba los de otros.
No obstante el joven oficial que acompañaba a Roosevelt y a sus bizarros jinetes (Pershing) si fue ascendido y condecorado. Tal vez sea rizar el rizo, pero el hecho de que condecorase a Pershing y su regimiento y se olvidase la acción de Teddy y sus cowboys me hace sospechar que a pesar de las peroratas de Roosevelt los militares que acompañaban al futuro presidente no debieron de emitir informes muy favorables a la actuación de Teddy.

Tras la batalla de las Lomas de San Juan el ejército expedicionario estadounidense se limitó a cercar la ciudad de Santiago hasta el final de la guerra; en ese tiempo Pershing no solo fue condecorado sino que ascendió en el escalafón de forma vertiginosa (llegó a Cuba con el grado de teniente primero y cuando abandonó la isla un año más tarde aquejado de malaria, era mayor). Sin negar los méritos de Pershing, se nos antoja que semejante carrera en tan poco tiempo no pudo realizarse de forma normal sin importantes apoyos políticos; y esos apoyos no se limitarían solamente a Roosevelt, sino a todo el partido republicano, posteriormente trataremos en profundidad las conexiones políticas de Pershing con los republicanos.

Tras recuperarse de su enfermedad Pershing fue destinado a las islas Filipinas, donde se estaba desarrollando una de las guerras más salvajes y desconocidas del siglo XX: la rebelión de los musulmanes de Mindanao. Cuando Pershing llega a filipinas (a finales de 1899) ya no es un simple oficial, puesto que pasa directamente a trabajar en el estado mayor del ejército de ocupación (o colonial). Aquí surgen dos afortunados acontecimientos, a pesar de que la insurrección de los moros era una típica campaña de guerrillas, Pershing estuvo implicado en dos pequeñas batallas donde se comportó con gran valor y gallardía frente al enemigo (en el río Cagayan y en el lago Lanao).
Pese a la poca entidad de esas batallas, los méritos de Pershing fueron loados hasta la exageración; no obstante hay un punto en el que Pershing supo desenvolverse bastante bien y fue en la fase política que inevitablemente alcanza toda guerra de guerrillas: Pershing tuvo que asumir que era imposible pacificar todo el territorio sin aplicar medidas genocidas, así que de acuerdo con el alto mando estadounidense, aplicó una política de palo y zanahoria (mucho más lo primero que lo segundo) que consiguió pacificar poco a poco Mindanao.
Como bien sabemos en nuestros días, eso de negociar con los terroristas es visto por la prensa y los votantes cavernarios algo así como una claudicación o derrota de la democracia contra la barbarie terrorista; y suele venir acompañado de peticiones de dimisión, acusaciones de traición a la patria y a las víctimas, e incluso insinuaciones de complicidad con los terroristas. De modo que las negociaciones con los caudillos musulmanes, y en general todo lo relacionado con la impopular guerra colonial filipina cayó en el más conveniente de los olvidos; donde por cierto ahí sigue.

Este último punto tiene un cierto interés porque no se entiende la leyenda de Pershing sin estas omisiones; el futuro general regresó de Filipinas con el aura de vencedor en dos pseudo batallas, pero se olvidó su papel como negociador (que dicho sea de paso, tampoco tiene nada de vergonzoso). En la actualidad la guerra colonial en Filipinas ha desaparecido de la cultura popular estadounidense y es desconocida fuera del ámbito académico; desde luego no es el mejor de los ejemplos, pero para los que gozamos de la televisión por cable acabamos saturados de reportajes sobre el Día D y la batalla de las Ardenas pero apenas aparecen documentales, películas o libros que traten determinados conflictos como el de Filipinas.

En 1901 Roosevelt alcanzó la presidencia de Estados Unidos tras el asesinato del presidente McInley; en ese momento Pershing inició su meteórica carrera hacia el generalato y posiblemente hacia la presidencia, pero no nos adelantemos demasiado.

En 1903 Pershing regresa de Filipinas, y de la mano de Teddy comienza a ascender de manera implacable, y no solo en el ámbito militar sino que también en el social gracias a un muy conveniente matrimonio e incluso en el diplomático, al ser enviado como observador del ejército de Estados Unidos a la guerra ruso japonesa y a las guerras balcánicas, pero detallemos esta escalera hacia el cielo:

En 1903, recién llegado de Filipinas, es ascendido a teniente coronel (aunque Roosevelt quería ascenderle directamente a coronel) y destinado al estado mayor de la división del suroeste.
En 1904 accede al “war college” una especie de universidad para preparar a los militares al alto mando, no obstante su paso por tan elitista institución durará poco.
En 1905 es destinado primero a Washington y más tarde a Tokyo, como observador militar durante la guerra ruso japonesa; en 1905 se casa con Hellen Frances Warren, hija de un prominente cacique republicano del medio oeste. Llegados a este punto, es interesante hacer un paréntesis para explicar lo importante que fue este matrimonio en la carrera de Pershing.

La señora Pershing era hija de Francis Emroy Warren, uno de los más poderosos senadores republicanos de Estados Unidos. La carrera de este senador empezó en la guerra de secesión, donde se portó con gran valor, siendo condecorado con la medalla de honor del congreso con tan solo diecinueve años. Tras la guerra surge un extraño vacío en su biografía, teóricamente al terminar la guerra se dedicó a trabajar en la granja familiar, para emigrar posteriormente al oeste; concretamente al territorio de Dakota, que en aquellos años no era formalmente un estado federal, sino un inmenso territorio prácticamente virgen y con todas las riquezas por explotar (una vez expulsados los escasos pero molestos indios). Cuando Warren se asienta en el territorio ocurre algo como mínimo curioso, al convertirse en el primer millonario de ese territorio.
Si nos atenemos a la historia oficial, la fortuna del señor Warren se cimentó en el trabajo duro y en la suerte; pero objetivamente hablando no trabajó más duro que otros miles de compatriotas ni tuvo más suerte que otros (suponiendo que se pueda medir algo tan etéreo como la suerte). Resumiendo mucho podemos establecer el origen de la fortuna del futuro senador en la especulación pura y dura de tierras de calidad, ganado, cereales, minerales y todo tipo de riquezas que podía dar un territorio del tamaño del imperio Austro Húngaro. Conforme el territorio se va poblando y desarrollando, Warren se dedica a los bienes raíces (vulgo: especulación inmobiliaria y ladrillazos varios); en resumen, no había ninguna actividad económica en el territorio de Dakota de la que Warren no sacase tajada.
Como buen cacique, una vez establecida una tupida red clientelar que se basaba en préstamos a terceros, recogida de intereses y beneficios y realizar alguna que otra inversión sobre seguro (o dicho de otra forma, ya que no necesitaba trabajar para ser millonario) decidió dar el salto a la política. Como es fácil de adivinar, el señor Warren carecía de la más mínima vocación política, pero necesitaba que ningún alcalde, gobernador o funcionario federal se inmiscuyese en sus negocios; además de que el tipo de economía especulativa que practicaba se basaba (y se basa) en la absoluta convivencia con el poder político y cuan Jesús Gil del Mid West, decidió combinar sus actividades económicas con la política; entendiendo a la política como un escudo legal a posibles auditorías, leyes e inspecciones.
Además era el momento propicio, el enorme territorio de Dakota se dividió en varios estados federales (Dakota del Norte, Dakota del Sur, Idaho y Wyoming) que estaban (y siguen estando) muy despoblados lo que favorecía el acceso a cargos electos con pocos votos, y más si los votantes trabajaban para Warren o le debían favores y/o dinero. En 1873 Warren es elegido senador estatal por Wyoming (había llegado al territorio de Dakota en 1868, no necesitó mucho tiempo para enriquecerse), después pasaría por todos los cargos políticos posibles en ese joven estado: senador estatal, presidente del senado, concejal de Cheyenne, alcalde de Cheyenne y gobernador del territorio de Wyoming en 1885, al poco de ser nombrado gobernador fue destituido por el presidente de Estados Unidos (en 1885 Wyoming era un todavía no era un estado, sino un territorio administrado directamente por el estado federal y el entonces presidente demócrata se negaba a que un republicano administrase ese territorio) no obstante con la llegada de los republicanos al poder en 1889 Warren recuperó el cargo. En 1890 Wyoming adquirió definitivamente el estatuto de estado federal, y como no podía ser de otra forma, su primer gobernador fue Warren.
Warren estuvo poco tiempo como gobernador estatal, apenas tres meses; en noviembre de 1890 fue designado senador federal por Wyoming, puesto que seguiría ocupando ininterrumpidamente hasta su muerte en 1929, estableciendo un récord que ha permanecido inalterado hasta ahora. Como podemos comprobar, la red clientelar que montó Warren permaneció inalterable e inalterada hasta su muerte. Recordadlo cada vez que algún periódico anglosajón nos intente dar lecciones de democracia, libertad, corrupción o administración territorial.

La biografía del cacique Warren nos debe servir para entender un aspecto fundamental y básico en la biografía de Pershing: no solo se casó con una mujer de familia rica y bien relacionada, se casó con el partido republicano y unió su destino al de este partido, de modo que ya podemos ir entendiendo alguna de las acciones de este general en la Gran Guerra, pero no adelantemos acontecimientos.
También nos sirve para entender otro aspecto algo más complejo de explicar: ¿por qué una rica e influyente familia accedería a unirse con un prometedor pero pobre oficial? La triste respuesta (porque estamos excluyendo totalmente al amor y otros sentimientos de esta ecuación) es que el partido republicano y no solamente Teddy Roosevelt, habían decidido que el protegido de Teddy sería llamado a los más altos cargos militares (y seguramente políticos) de la nación.

Finalizada esta aclaración, prosigamos con la vertiginosa carrera de Pershing.

1905 fue el año de Pershing, sin lugar a dudas. Tras su regreso de Japón el presidente Roosevelt decidió emplear una prerrogativa especial y ascender a Pershing directamente a general de brigada, saltándose alegremente el escalafón. Como es fácil imaginar, esta medida causó una fuerte polémica entre los militares (había 835 candidatos antes que Pershing a ocupar el cargo) y originó la primera de las grandes polémicas en las que se vería envuelto Pershing.
Pese a todo Roosevelt se mantuvo firme en su decisión, ya que contaba con el apoyo absoluto de su partido y de la prensa afín, que repitió hasta la saciedad el mantra redactado por el presidente: Pershing es el mejor oficial de Estados Unidos como demuestran sus condecoraciones y su valor en combate; los argumentos de la oposición y de los militares ofendidos que se resumían en que Lomas de San Juan fue una pequeña batalla (15.000 estadounidenses contra 800 españoles) y que difícilmente se podía calificar como batallas a las dos acciones en las que Pershing estuvo involucrado en Mindanao, fueron ignorados y lo siguen siendo hoy en día.
Pese a todo, el ascenso de Pershing al generalato tuvo un sabor agridulce. Por una parte le blindaba de cualquier decisión política que intentase quitarle el mando (los generales eran prácticamente intocables en aquellos años); pero por otra parte le señalaban definitivamente como un “político” dentro del ejército, y que en ninguna circunstancia podía negar su vinculación al partido republicano, lo que traería consecuencias desagradables cuando gobernasen los demócratas.
Pero especialmente debía tener en cuenta una cosa, al privilegiar su ascenso tanto el presidente como el general agraviaron a gran número de militares y políticos; ahora resultaba evidente que Pershing contaba con poderosos aliados, pero se creó al mismo tiempo un montón de enemigos que estarían pendientes del menor error de Pershing para caer sobre él como buitres. Y tarde o temprano cometería ese error.

Mientras Teddy fue presidente la carrera de Pershing siguió rodeada de privilegios, como su envío como observador a las guerras balcánicas en 1908; por cierto la misión militar estadounidense estaba basada en París, de modo que el general Pershing pasó más tiempo en la capital francesa que en el frente balcánico, para alegría de su señora esposa. No obstante lo bueno se estaba acabando, en 1909 Roosevelt perdió la presidencia y fue sustituido por el también republicano William H. Taft.
A pesar de pertenecer al mismo partido, Taft siguió una política opuesta a la de Roosevelt en lo referente a política exterior (era partidario de lo que hoy llamaríamos el soft power) y ultra conservador en política interior y económica, al suspender sine die la lucha de Roosevelt contra los grandes trusts de la industria, el petróleo y las materias primas. La popularidad de Teddy se debía en buena parte a esa lucha contra los poderes plutocráticos a los que se Taft se entregaba voluptuosamente, de modo que el presidente estaba entregando el poder a la oposición y Roosevelt sintió que traicionaban su legado.
Este sentimiento cristalizó en la ruptura de Roosevelt con su partido en 1912 cuando perdió la nominación a las siguientes elecciones; no obstante Teddy no se desanimó y dio un paso suicida en la política estadounidense: crear un nuevo partido, al que denominó partido progresista. Al hacer esto, Roosevelt se asentaba en su innegable popularidad, pero rechazaba las redes clientelares que ambos partidos habían tejido pacientemente en el siglo pasado (como la del senador Warren en Wyoming), de modo que perdía todos los apoyos de los pobres pero influyentes estados del sur y del medio oeste.
Pese a todo, en las elecciones de 1912 el partido progresista consiguió mejores resultados que los republicanos, pero al dividir su voto dio la victoria a los demócratas del presidente Wilson; desalentado por esta derrota, Roosevelt abandonará definitivamente su carrera política.

¿Qué ocurrió con Pershing durante esos años?

Básicamente pasó a un tercer plano; tal vez fuese por el excesivo apego de Pershing con Roosevelt que recordaba a la vieja administración, o simplemente que el presidente Taft no deseaba realizar una política exterior tan agresiva y por tanto no eran necesarios los servicios de un espadón como Pershing; en cualquier caso el general perdió sus privilegios y fue destinado nuevamente a las Filipinas en 1909, y ahí permaneció hasta 1912.
No está muy claro qué hizo o qué temía el presidente Taft respecto a Pershing, pero hay un punto que debemos tener muy claro, la islas Filipinas fueron un destino que se consideraba como un castigo para oficiales y soldados que por diversas razones no podían ser castigados por el procedimiento habitual; por ejemplo el general McArthur también fue destinado a Filipinas tras su penosa actuación al disolver a tiros las manifestaciones de ex combatientes durante la gran depresión. Obviamente si McArthur hubiese sido juzgado habría salido a la luz las órdenes del presidente, de modo que era preferible mandar al general exhibicionista lo más lejos posible.

También es significativo que fuese enviado a Mindanao de nuevo, aunque oficialmente la rebelión musulmana había terminado, todavía quedaban grupos de irredentos que se echaban al monte a la menor oportunidad.

MEXICO: PRIMER MANDO PRIMER ERROR (1913 – 1917)

En 1913 el presidente demócrata W. Wilson sacó al general Pershing de su exilio en Filipinas para encargarle una misión aparentemente trivial: la vigilancia de la extensa frontera con México, país que estaba sumido en una violenta revolución; ahora bien ¿por qué un presidente demócrata llamaba al servicio a un general tan comprometido con el partido republicano?

Básicamente por tres razones.

La primera es seguir con una tradición que instauró Lincoln durante la guerra de secesión: para evitar suspicacias, otorgó el mando del ejército del Potomac al demócrata McClellan (que llegaría a presentarse a las elecciones de 1864 por el partido demócrata). Hay que reconocer que esta política es bastante conciliadora en tiempos de guerra o grandes crisis, pero también es sintomática de la excesiva politización del ejército de Estados Unidos.

La segunda razón son los grandes intereses económicos que tenía en ese momento Estados Unidos en México como consecuencia del descubrimiento de grandes yacimientos de petróleo en la zona del golfo. Siguiendo con la doctrina Monroe (y con los intereses de los grandes caciques petroleros como Rockefeller) Estados Unidos vigilaba celosamente esos yacimientos, procurando mantener a raya a las empresas y gobiernos europeos o sudamericanos; como es obvio, las empresas petroleras habían realizado grandes inversiones en infraestructura digamos “petrolera” (pozos extractores, oleoductos, refinerías, puertos, etc.) todos muy concentrados en la zona del golfo de México y especialmente en la ciudad – factoría de Tampico.
A cambio de las inversiones del vecino del norte, el gobierno mexicano (presidido por Porfirio Díaz) había realizado grandes concesiones a las empresas estadounidenses, como exenciones fiscales (directamente no pagaban impuestos), y total libertad en las relaciones laborales que se reflejaban en los salarios de hambre que se pagaban a los trabajadores mexicanos, también los técnicos estadounidenses no eran sometidos a ningún tipo de control laboral,fiscal e incluso criminal, de modo que tampoco pagaban impuestos en México, las empresas no estaban obligadas a dar parte de la cantidad de ciudadanos extranjeros presentes y éstos son prácticamente intocables por la policía en caso de ser sospechosos de haber cometido algún delito.
En ese aspecto, debemos entender el desembarco estadounidense en Veracruz (localidad situada muy cerca de Tampico) no como un ridículo conflicto originado porque la guarnición mexicana se negó a realizar las veintiuna salvas de honor a la armada de Estados Unidos, sino como un mensaje muy claro de defensa de los intereses económicos del vecino del norte.

La tercera razón es mucho más compleja y tiene mucho más que ver con la psicología que con la política o la economía.
México (y Cuba desde 1959) son a Estados Unidos los que Irlanda a Gran Bretaña, o Marruecos a España; son países mucho más débiles que sus vecinos y por tanto los vecinos fuertes se creen con absoluto derecho a decir al vecino pobre lo que tiene que hacer en todo momento. Y claro, cuando el vecino pobre no hace exactamente lo que sugiere el vecino rico entonces ocurre un extraño comportamiento en el vecino rico: se siente profundamente ofendido, como si el vecino pobre hubiese adquirido la obligación de rendir pleitesía al rico por el simple hecho de ser pobre.
En el caso mexicano se une una profunda suspicacia (que en algunos momentos roza la paranoia) que Estados Unidos padece respecto a México, debido a los grandes territorios que Estados Unidos rapiñó a México a principios del siglo XIX y que todavía hoy se cree en la obligación de proteger de una posible agresión mexicana destinada a reconquistar esos enormes territorios; por si fuera poco, dos de los estados más prósperos de la unión (California y Texas) se encuentran dentro de la tierra robada a México, lo que contribuye todavía más a alimentar esa paranoia.
Lo curioso es que México es por desgracia un país pobre que no puede plantearse una conquista militar, pero parece que Estados Unidos responde a esa realidad con argumentos que más parecen delirios paranoides como que la emigración ilegal de “latinos” es una conquista encubierta, o que el tráfico de drogas es una agresión encubierta tendente a debilitar la sociedad anglosajona, para nuevamente (re)conquistar el suroeste de Estados Unidos.
Comprendo que puede parecer que exagero, pero mientras escribo este trabajo en las carteleras de mi ciudad se exhibe todavía la última película de Oliver Stone (un director teóricamente progresista) y que no pondré su nombre porque me niego a mencionar a ese panfleto racista, que da otra vuelta de tuerca al eterno tópico latino-mexicano: los mexicanos son unos vagos que viven de exportar farlopa al norte de la frontera, son crueles hasta el barbarismo y ninguna institución mexicana (gobierno, ejército,...) está libre del abrazo del narco. Por cierto, la película en cuestión se basa en un libro de un tal Don Winslow; yo leí hace un par de años un libro suyo también relacionado con el narco y cuyo nombre tampoco citaré en el que a lo largo de más de 700 páginas nos recuerda lo malos, sucios y peligrosos que son los mexicanos, colombianos y latinos varios.
Con esto no estoy diciendo que Winslow sea un racista, pero resulta evidente que el mensaje racista vende muy bien, incluso en nuestros días.
A consecuencia de este bagaje “cultural” Estados Unidos presta a México una atención desproporcionada a su vecino pobre, en relación a su peso militar y a pesar de las múltiples y saludables relaciones económicas y culturales que han mantenido ambos países a lo largo de su historia, relaciones que en general han beneficiado mucho más a Estados Unidos que a México.

Como es obvio, esto que he dicho respecto a la extraña enfermedad que sufre Estados Unidos respecto a México es perfectamente aplicable a nuestra tradicional suspicacia respecto a Marruecos; como evidencia la desproporcionada atención que damos a un país pobre hasta la miseria, pero que nos pone muy nerviosos cada vez que hace alguna declaración respecto a Ceuta, Melilla o los patéticos islotes que mantenemos en su costa norte.
Y cada vez que alguna patrullera, soldado o policía marroquí se acerca a los cascotes de nuestro imperio nunca falta algún energúmeno llamando a la guerra santa para defender nuestra soberanía; generalmente alegando historias paranoides respecto al peligro de invasión que correrían Ceuta, Melilla, las islas Canarias o incluso la península.

Regresemos a nuestro protagonista.

Durante los primeros años de la revolución mexicana el general Pershing cumplió lo mejor que pudo las órdenes recibidas: mantener la estricta neutralidad de Estados Unidos en el conflicto mexicano impidiendo la venta de armas a las diferentes facciones en conflicto, prevenir la infiltración de combatientes mexicanos (o al menos desarmarlos si eran capturados y no podían regresar inmediatamente a su país).
Lo cierto es que Pershig no hizo mal papel teniendo en cuenta los escasos medios que disponía y lo difícil de su misión debido a la gran cantidad de territorio a cubrir y a lo escabroso que era ese territorio en la frontera de California, Arizona o Nuevo México. Como oficialmente Estados Unidos no estaba en guerra el presidente Wilson no autorizó el reclutamiento de más soldados, ni dotó de más fondos al ejército para realizar esa misión, de modo que Pershing tenía que cubrir enormes extensiones de terreno con pocos soldados, además no podía perseguir a los alborotadores y traficantes de armas (tanto mexicanos como anglos) al otro lado de la frontera. Curiosamente Pershing desarrolló una breve amistad con algunos caudillos mexicanos asentados en el norte como Pancho Villa (que le mandó un telegrama de condolencia cuando la esposa y varios de los hijos de Pershing fallecieron en un incendio). Debemos entender esas relaciones amistosas como un intento por parte de Pershing de que los caudillos del norte vigilasen su lado de la frontera, o que al menos no fuesen demasiado estruendosos en sus incursiones en busca de refugio o armas.
Paralelamente a esta situación, el gobierno de Estados Unidos se implicaba cada vez más en la política mexicana, apoyando alternativamente a un presidente u otro y protegiendo en la medida de lo posible el petróleo y las instalaciones petrolíferas estadounidenses; desgraciadamente al apoyar a una facción se ganaba el odio de la(s) otra(s) y por tanto los ataques a personas y edificios estadounidenses se sucedieron con alarmante frecuencia.

El límite llegó cuando Pancho Villa (que pasó de ser aliado de Estados Unidos a enemigo cuando Wilson decidió reconocer el gobierno de Carranza) asesinó a dieciocho mineros estadounidenses como represalia por el apoyo del gobierno de Estados Unidos a su enemigo; posteriormente (marzo de 1916) Pancho Villa realizó un audaz ataque contra el pueblo fronterizo de Columbus. El pueblo estaba teóricamente protegido por un destacamento de caballería del ejército estadounidense, pero por lo visto los soldados fueron pillados totalmente por sorpresa y apenas ofrecieron resistencia; parece ser que los únicos que plantaron cara a las tropas villistas fueron unos civiles armados, que serían masacrados (un argumento a favor de la prohibición de portar armas libremente: no te protegen de un enemigo entrenado y provocaron que el enemigo se ensañe con los civiles sin hacer distinción de armados o desarmados).
Tras saquear el pueblo (parece que había varios alijos de armas y municiones escondidos destinados a las distintas facciones en lucha) Villa se retiró al sur de la frontera y se desencadenó una ola de furia y patriotismo en Estados Unidos.
El presidente Wilson encargó inmediatamente al general Pershing que organizase una expedición de castigo, con el ambiguo objetivo de capturar a Pancho Villa y a los saqueadores de Columbus. El problema principal de esta orden era básicamente el mismo por el que fracasó la vigilancia de la frontera: un objetivo ambiguo, una enorme extensión de terreno muy accidentado a cubrir y medios muy limitados; a lo que hay que añadir la hostilidad de todos los mexicanos (incluidas las facciones enemigas de Villa) a una invasión del vecino del norte. Este último punto es fundamental para entender el fracaso de esta expedición, a muchos mexicanos no les gustaba Villa, pero le apoyaron directa o indirectamente (negándose a dar información) y cobijaron a los guerrilleros villistas además de mantenerlos permanentemente informados de los movimientos del enemigo.

La elección de Pershing era obvia: Era un militar de exagerado prestigio, estaba sobre el terreno y se presuponía que conocía la idiosincrasia del enemigo, además era veterano de las guerras indias y de la insurrección de Mindanao, de modo que se suponía que era experto en la guerra de guerrillas. Además se dotó a la expedición de Pershing con el armamento más moderno que podría fabricar Estados Unidos (coches, camiones, globos de observación e incluso modernos aeroplanos).
No obstante no se dotó a la expedición con dos de los elementos más necesarios en la lucha contrainsurgente: muchos soldados (solo se asignaron 12.000 en su mejor momento) y mucho tiempo para conocer y aclimatarse al terreno, ganarse o expulsar a la población hostil.

De modo que básicamente la expedición punitiva ya estaba fracasada antes de empezar.

Tradicionalmente se ha presentado esta expedición como una preparación del ejército de Estados Unidos para la Gran Guerra; pero eso es básicamente un mito por diversas razones.

En primer lugar porque esta era básicamente una pequeña expedición de castigo, sin comparación con los ejércitos de millones de soldados (o de cientos de miles) que combatían en Europa. En segundo lugar, el enemigo a batir no era un ejército enemigo que ocupaba un terreno concreto que había que defender o conquistar, sino una guerrilla que no defendía un territorio concreto, sino a sus propios guerrilleros que solo combatían en caso de tener superioridad absoluta. Y en tercer lugar, ni el presidente ni la sociedad de Estados Unidos tenían la menor gana de entrar en guerra, tanto en México como en Europa.
Este último punto es fundamental para entender el fracaso final de esta expedición: pasada la primera ola de indignación, los ánimos se enfriaron notablemente en Estados Unidos y se impuso el temor a implicarse en la revolución mexicana; de modo que se intentó limitar en el tiempo y en los medios a esta expedición.
No obstante si hay un único paralelismo entre la Gran Guerra y esta expedición: el relativo fracaso de las nuevas tecnologías militares; la idea principal era que Pershing no necesitaría muchos soldados, gracias a que los aviones detectarían rápidamente al enemigo y las tropas estadounidenses se desplazarían rápidamente a la zona montadas en sus camiones, para posteriormente reducirlas y exterminarlas en caso de presentar resistencia.
En la práctica todo salió mal por diversos motivos: los aviones eran aparatos lentos, ruidosos y volaban bajo por lo que eran fácilmente detectables por cualquiera que no tuviese muy afectado el sentido de la vista y del oído; los camiones eran muy efectivos en las confortables carreteras estadounidenses, pero en el terreno accidentado del norte de México su marcha era entorpecida por los deficientes caminos y frecuentes baches, con lo que sufrieron una multitud de averías; además los repuestos y la gasolina tenían que ser transportadas desde Estados Unidos, de modo que pasaban mucho tiempo parados (por cierto esas y otras mercancías tenían que ser llevadas a lomos de mulas, con lo que se convirtieron en objetivos para las guerrillas).
Al final el arma más efectiva era la caballería o infantería montada, como en las guerras coloniales de la época.

Llegados a este punto conviene realizar una pregunta incómoda: Si el general Pershing era teóricamente un experto en este tipo de guerra por qué fracasó en esta expedición o no renunció al mando ante las condiciones en las que se debería desarrollar la campaña. En mi opinión creo que para encontrar una respuesta satisfactoria, debemos repasar someramente la biografía de este general.
En West Point se graduó con notas medias, sin ser un zoquete como Custer, no consiguió destacar especialmente en el ámbito académico; hasta la guerra de Cuba su carrera fue bastante normal y si bien no negamos su valor en el campo de batalla, resulta innegable que su acceso al generalato se debía exclusivamente a la amistad con el presidente Roosevelt y a sus conexiones políticas e incluso familiares con el partido republicano.
Pershing era un excelente oficial, pero o bien no estaba preparado para el alto mando o bien llegó demasiado pronto; por eso demostró en México una preocupante falta de iniciativa y especialmente de uno de los mayores recursos de todo general: imaginación (aunque ese recurso también era muy escaso en la Europa de la Gran Guerra).

Como dijimos anteriormente, en su acceso al generalato Pershing se ganó un buen número de enemigos que estaban a la espera de cobrarse su venganza, y la errática campaña mexicana les proporcionó la oportunidad de caer sobre el general. Conforme la campaña mexicana se enfangaba, aparecieron las primeras críticas a Pershing, que acabaron degenerando en una multitud de chistes y caricaturas en la prensa vinculada a los demócratas y la independiente.
El problema era que al contrario que otras derrotas épicas como Little Big Horn, la campaña mexicana presentaba aspectos bastante civilizados; no hubo grandes matanzas, ni grandes batallas. Solamente unos miles de soldados yendo de un lugar a otro sin resultados visibles y con su magnífico (y caro) equipamiento pudriéndose al sol y teniendo que recurrir a los caballos para el combate y a las sufridas mulas para el transporte.
Además como oficialmente (y a todos los efectos) Estados Unidos no estaba en guerra contra México, no se podía ejercer la censura de la prensa, de modo que el público estadounidense estaba puntualmente informado de la falta de resultados; finalmente el presidente Wilson asumió la realidad y ordenó la retirada de las tropas en febrero de 1917.
Posiblemente el tratamiento que recibió Pershing por parte de la prensa contribuyó a avinagrar aún más su carácter, especialmente cuando comparaban a su ejército con los Keystones Cops (populares películas cómicas protagonizadas por un grupo de incompetentes policías, todavía son muy populares en Estados Unidos y han pasado a la cultura popular), tal vez fuese injusto, pero algunos aspectos de la expedición eran un tanto cómicos, como la captura de unos de los aviones de la expedición por parte de un grupo de Villistas acontecimiento tan celebrado a un lado como al otro de la frontera. No obstante México daría otra oportunidad al general.

LA GRAN GUERRA Y EL CAMINO FRUSTRADO A LA PRESIDENCIA (1917 – 1920)

Tradicionalmente se han tomado tres razones por las que Estados Unidos entró de mala gana en la gran guerra: El hundimiento del vapor “Lusitania” donde perecieron cientos de pasajeros estadounidenses, asegurarse el cobro de la deuda que habían contraído los aliados con bancos e industrias estadounidenses y el famoso telegrama Zimmermann. Es comprensible que la población de Estados Unidos se indignase ante la frivolidad con la que los funcionarios alemanes disponían del territorio y el pueblo del Suroeste, pero hay algo que no termina de encajar.

México hace cien años era lo que con nuestra mentalidad neo colonial llamaríamos un estado fallido; en 1917 el país llevaba una década de revoluciones sociales, guerra civil (o guerras entre distintas facciones), intervención de diversas potencias extranjeras en la política interior mexicana, intervencionismo estadounidense en el petróleo (la principal fuente de riqueza de México, en aquellos años el primer productor mundial de petróleo era México), hambre e incluso ocupación militar de partes del territorio nacional por parte del ejército (expedición de Pershing) y la marina (Veracruz, Tampico) de Estados Unidos. El presidente Carranza (que supuestamente debería encabezar un hipotético ataque al suroeste de Estados Unidos) ni siquiera controlaba grandes extensiones de su propio país.
A muy grandes rasgos esa era la situación de México en 1917; lo que suponía una serie de problemas para Estados Unidos como el control de la frontera, desórdenes sociales entre la población mexicana que vivía al norte de la frontera, tráfico de armas (de norte a sur, exactamente como ahora, pero no resulta políticamente correcto hablar de otra cosa que no sea el narco), etc. muchos problemas, pero no de tipo militar; es más si había un punto en el que Estados Unidos podía estar totalmente tranquilo era precisamente el de una hipotética invasión militar mexicana por el sur. Además, la población de Estados Unidos sabía gracias a su prensa la penosa situación en la que se encontraba México y sus ejércitos y que el máximo peligro que podrían afrontar sería el bandolerismo de grupos armados como el de Pancho Villa o la violencia de traficantes de armas (anglos y mexicanos) poco dispuestos a abandonar su próspero negocio. Y finalmente tenemos la actitud que tomó el ejército de Estados Unidos: si México se disponía a atacar el suroeste ¿por qué se mandaron cientos de miles de sanos reclutas a Europa y no al sur?

En realidad en la decisión del presidente Wilson pesaba mucho un argumento profundamente irracional que ya hemos mencionado antes; el miedo y la paranoia anti mexicana y anti católica que padecía (y en cierta medida sigue padeciendo) un gran porcentaje de la población de Estados Unidos. Usando ese sentimiento primario, el presidente Wilson consiguió que la opinión pública estadounidense (mayoritariamente partidaria de la neutralidad o como mucho de una intervención limitada a proteger los barcos estadounidenses de los submarinos alemanes) pasase a apoyar la entrada en guerra.

Regresemos a nuestro Personaje.

A pesar de su fracaso en México Pershing, que al menos no había sufrido una gran derrota convencional, y sus contactos políticos obraron para otorgarle otra oportunidad, esta vez en una guerra convencional; además Wilson debía seguir con la ley no escrita que le obligaba a contar con oficiales republicanos en el alto mando para evitar acusaciones de sectarismo, si bien su primera opción era el general Fulton, pero la muerte de este viejo guerrero propició la llegada de Pershing.

Ahora toca plantear una pregunta que no se oye mucho: ¿Tenía Pershing una agenda política? ¿Pensaba presentarse a las siguientes elecciones como candidato republicano?

Reconozco que esta no es una pregunta que se formule mucho, y puede que no sea la mejor forma de plantear la lucha y los actos de este general, pero partiendo de esta cuestión podemos dar una nueva luz a la particular actuación del cuerpo expedicionario estadounidense en la Gran Guerra, pero antes habría que repasar algunos antecedentes:

El primero de ellos es la propia tradición de los generales estadounidenses de entrar en política y de expresar sin mucha prudencia sus opiniones políticas. Esta aptitud se ve favorecida por la tradición instaurada por Lincoln durante la guerra civil, si bien lo que debía ser un acontecimiento puntual destinado a fomentar la unidad nacional se acabó convirtiendo en una poco saludable tradición. No obstante ya existían precedentes de generales que llegaban a la presidencia como el propio Washington, Andrew Jackson o Zachary Taylor. Y por supuesto esta tendencia continuó tras la guerra civil con gente como Grant. Como resulta fácil de suponer, todos estos militares usaron impúdicamente sus galones y sus méritos de guerra (reales o supuestos) en sus campañas electorales.

Pero el precedente que más pudo pesar en el general Pershing pudo ser el de su padre político, el presidente Theodore Roosevelt, quien no dudó en usar su breve experiencia militar en Cuba como ariete electoral en su camino a la presidencia. Estaba claro que la Gran Guerra tenía poco que ver con la guerra de Cuba, pero a finales de 1917 comenzaba a estar claro que Alemania empezaba a tenerlo muy difícil, a pesar de la salida de Rusia de esta guerra. Principalmente porque su población civil ya daba muestras de hartazgo y por la situación cada vez más desesperada de los aliados de Alemania (Turquía comenzó a desmoronarse y el nuevo monarca austríaco comenzó a tantear las posibilidades de buscar una paz por separado).

De modo que para conseguir otra gran victoria al estilo cubano, sería muy recomendable jugar bien los tiempos: que las tropas estadounidenses entraran en combate lo suficientemente tarde como para no sufrir una cantidad peligrosa de bajas, pero lo suficientemente pronto como para participar en algunos combates de entidad.
El primer objetivo se consiguió de dos formas, en 1917 Estados Unidos simplemente no estaba preparado para combatir en la Gran Guerra, su sistema de reclutamiento estaba diseñado para entrenar a un ejército pequeño destinado a labores de policía interior y policía colonial en Filipinas; su industria militar (sin transformar su industria civil, como se haría en la siguiente guerra) estaba adaptada a las necesidades de un ejército pequeño y no se había reclutado un gran ejército desde la guerra de secesión, por lo que faltaban instructores para formar a los entusiastas reclutas, faltaban uniformes para vestirles, armas e incluso cascos de acero.
Ante esta situación se alcanzó una solución de compromiso: los aliados se harían cargo de dotar al nuevo ejército con las armas, municiones y pertrechos necesarios gracias a su industria totalmente militarizada, incluso estaban dispuestos a desatender otros frentes con tal de acelerar la llegada de los nuevos soldados. La razón principal de estas prisas era la salida de Rusia de esta guerra, lo que permitió que Alemania pudiese destinar muchos más efectivos al frente occidental, con el consiguiente peligro de que el alto mando germano lanzase una su primera gran ofensiva desde 1914.
El siguiente retraso en el despliegue estadounidense es responsabilidad directa del general Pershing; los aliados esperaban que los nuevos reclutas entrasen lo antes posible en combate, entendiendo como tal que fuesen enviados directamente al frente tan pronto llegasen a Francia para poder ir relevando a las exhaustas tropas británicas y francesas y que los bisoños reclutas americanos pudiesen ir fogueándose; más o menos como se hizo con el cuerpo expedicionario portugués, que también tuvo que ser armado, vestido y entrenado por los británicos, pero al menos ocupó casi inmediatamente un puesto en primera línea.
Pershing se negó obstinadamente a que sus tropas se disolviesen en la marea de las tropas aliadas, y exigió que los soldados estadounidenses luchasen en unidades independientes totalmente estadounidenses y, por supuesto, bajo su mando. Los aliados conscientes de la necesidad de el dinero y la comida estadounidense, aceptaron a regañadientes las condiciones de Pershing; lo que en la práctica suponía un montón de problemas; intentaremos explicarlo de manera bastante simple.

Cuando una unidad estadounidense llega a Francia tiene procede a aclimatarse y a entrenarse con un armamento con el que no está acostumbrado (primer retraso), suponiendo que no haya problemas a la hora de recibir las armas y municiones ya que éstas pueden ser destinadas a unidades aliadas en primera línea y que por tanto tienen prioridad sobre los siguientes reclutas (segundo posible retraso), cuando esta unidad estadounidense se encuentra entrenada y armada debería ser enviada al frente, pero no ocurre eso. Por orden de Pershing (respaldado por el presidente Wilson) esta unidad debe esperar a que lleguen más soldados estadounidenses, que sean armados y entrenados convenientemente y solo entonces que sean integrados en la anterior unidad (tercer retraso); y así hasta que todo el cuerpo expedicionario estadounidense esté listo para entrar en combate como ejército aliado pero independiente del resto de tropas aliadas.

¿Por qué se tomó esta decisión?

Desde un punto de vista estrictamente militar esta decisión no tiene sentido; no puedes tener a un ejército formándose en la retaguardia mientras el resto de tropas asume el peso de las batallas; especialmente en el caso francés cuyo ejército empieza a dar muestras de agotamiento tras los motines (más bien huelgas) de 1917.
De modo que tenemos que enfocar este comportamiento desde un punto de vista político; por una parte es comprensible que por motivos de honor nacional y publicidad resulta comprensible que se quisiese distinguir de alguna forma al nuevo ejército, pero esperar durante casi un año a que las tropas estadounidenses estuviesen listas es simplemente irracional... a menos que no consideremos otros aspectos.
En 1916 el presidente Woodrow Wilson fue reelegido para un segundo mandato y entre otras promesas, aseguró que Estados Unidos no entraría en la Gran Guerra. Ciertamente el famoso telegrama Zimmermann soliviantó mucho los ánimos, pero al igual que en el caso de Pancho Villa era muy posible que la opinión pública se cansase rápidamente de la guerra. Sobre todo si no veía resultados claros (victorias). También sería conveniente hacer lo que los estrategas de campañas electorales denominan “manejar los tiempos”: no entrar en combate demasiado pronto para que a los electores se les olvide las glorias militares (y no les de tiempo a preocuparse por otras cosas como la economía, como le pasó a Bush I tras la guerra del golfo) y no entrar demasiado tarde para evitar acusaciones de oportunismo.

Quizá sea un poco excesivo por nuestra parte, pero a la vista de estos acontecimientos, y teniendo en cuenta la tradición política de los generales estadounidenses (curiosamente no tanto en la armada), nos atrevemos a afirmar que el general Pershing tenía intenciones políticas para después de la guerra. Posiblemente siguiendo el camino habitual en estos casos: una vez acabada la guerra, el general regresa a casa y se retira a la vida civil jurando por toda su parentela que solo desea un retiro tranquilo; posteriormente acude a la llamada de la patria (es decir su partido político) para sacrificar su ansiado retiro por otro tipo de servicio al país, que puede acabar en la oposición, en un puesto intermedio, la vicepresidencia (un zombi político a la espera de las siguientes elecciones) o incluso en la presidencia si se machaca convenientemente a la oposición interna. Es importante señalar que tanto el congreso como el senado está lleno de militares de diverso grado que o bien perdieron su oportunidad o bien se encuentran en la “reserva” esperando su oportunidad.

Regresemos al frente, lugar donde los bayonetazos por lo menos vienen de frente.

El desesperadamente lento sistema impuesto por Pershing posibilitó que en 1917 las tropas estadounidenses apenas entraran en combate, aunque se autorizó que algunas unidades fuesen a foguearse al frente, pero limitando mucho las cantidades de soldados destinados al frente y limitando en lo posible el tiempo de permanencia en el frente; a pesar de que a finales de 1917 algunas unidades estadounidenses llegaron a participar en algunos combates de escasa entidad (para los veteranos del frente occidental, monstruosos para los novatos americanos).
No obstante Pershing se mantuvo inflexible, hasta que él lo juzgase oportuno el ejército expedicionario no entraría en combate y siempre como un ejército independiente del resto de formaciones aliadas (aunque dependiente de sus pertrechos, ironías de la guerra). De modo que a comienzos de 1918 el ejército estadounidense apenas se encontraba activo, salvo las fugaces visitas de algunas unidades, para desesperación de el resto de aliados que veían cómo Alemania empezaba a amontonar divisiones en Francia y Bélgica.

Y finalmente en la primavera de 1918 Alemania desencadenó la mayor ofensiva de esta guerra desde 1914, que empujó a las tropas aliadas hasta prácticamente París y a las primeras líneas de esta guerra. Ante la gravedad de la situación se movilizó finalmente a las tropas estadounidenses para cooperar en la defensa del frente, a pesar de lo limitado de las acciones del ejército expedicionario, lo cierto es que los soldados norteamericanos demostraron ser buenos luchadores; y desde luego la simple presencia de estas tropas supuso un golpe a la moral de los soldados alemanes puesto que la propaganda les decía todos los días que los submarinos alemanes impedían que llegasen soldados y suministros a Europa. Sin lugar a dudas esta simple presencia supuso otro clavo (y no pequeño) en el ataúd de la ofensiva alemana y en general, del esfuerzo de guerra alemán.

Durante la primavera-verano de 1918 las tropas estadounidenses combatieron codo con codo en las batallas de Cantigny y la segunda batalla del Marne; desde el punto de vista militar se podía calificar la actuación estadounidense como un éxito, no obstante desde un punto de vista político Pershing no estaba satisfecho: la ofensiva alemana había obligado a sus tropas a hacer exactamente lo que no deseaba, mezclar sus soldados con las tropas francesas, británicas e imperiales, y por tanto sus innegables éxitos quedaron diluidos entre la marea de soldados aliados. Para sus intenciones políticas, Pershing necesitaba un triunfo genuinamente americano, y a ser posible con dosis de teatralidad (ser el primer ejército en pisar suelo alemán, capturar alguna ciudad importante,...)

Pese a todo, había un problema al que no se le presentó la suficiente atención: el número de bajas; a pesar de que en su conjunto los estadounidenses no habían sufrido demasiadas bajas en número es necesario recordar que en proporción al número de soldados desplegados, la cantidad de bajas era elevada. Por lo visto las tácticas estadounidenses eran demasiado agresivas (sobre todo en el cuerpo de infantería de marina en la batalla del bosque Belleau) y si bien daban buenos resultados, también propiciaban un exceso de bajas.
Tradicionalmente los estadounidenses han justificado esta agresividad en combate como una muestra de la habilidad táctica de Pershing, y en general de la superioridad moral del ejército estadounidense: eran una joven república cuyos soldados eran mandados por generales salidos del honrado pueblo y no de una esclerótica aristocracia que solo sabía mandar a chavales pobres al matadero. Sin negar que una parte del generalato europeo se adaptaba perfectamente a este tópico, no deja de ser una falsedad; por una parte la sociedad estadounidense de aquellos años era tan clasista como la europea y por otra parte las batallas en las que estuvieron implicados los estadounidenses se podrían haber ganado sin haber expuesto tanto a sus soldados.

Desde el punto de vista político Pershing se enfrentaba a otro problema, tras la gran ofensiva alemana de 1918 quedaban claras varias cosas: Alemania se había desfondado definitivamente en estas batallas, por tanto la guerra no duraría mucho más. Posiblemente los alemanes empezarían a negociar antes de que los aliados pudiesen entrar en territorio alemán. Además ya no era un secreto que la población civil alemana se estaba hartando de la guerra, Turquía y Austria habían colapsado y la población civil de los estados aliados tampoco permitiría que la guerra se extendiese demasiado. Pershing necesitaba ya su batalla triunfal.

Puesto que los aliados improvisaron una gran contraofensiva para otoño de 1918, Pershing decidió que sus tropas actuarían de forma independiente en un sector del frente totalmente estadounidense para evitar que sus presunta victoria no quedase aguada. Partiendo de este hecho, podemos afirmar que la batalla de Meuse-Argonne no partía de ninguna necesidad táctica, estratégica o militar en general, sino que era básicamente política, tanto para los franceses que combatieron junto a los estadounidenses (aunque de forma independiente) cuyo objetivo más o menos declarado era reconquistar la mítica ciudad de Sedán, como para Pershing, que buscaba una gloriosa victoria totalmente estadounidense.

No vamos a realizar un relato pormenorizado de esta batalla, pero nos vamos a centrar en algunos aspectos que intenten dar una nueva luz a estos acontecimientos.

En primer lugar nos llama la atención las tácticas estadounidenses: Ya hemos mencionado la agresividad que Pershing exigía a sus hombres pero en esta batalla se superaron todas las expectativas, hasta el punto de que esta batalla se parecía más a una acción propia de 1914 que de 1918; con la importante diferencia que el enemigo estaba acostumbrado a estas tácticas de oleadas humanas y sabía actuar en consecuencia.
En segundo lugar nos llama la atención las deficiencias tácticas de Pershing: el terreno elegido era relativamente accidentado; el enemigo ocupaba una serie de pequeñas colinas profusamente boscosas, perfectamente defendibles con relativamente pocos soldados y ametralladoras. Además la zona en cuestión no ocupaba ninguna posición estratégica importante y se le prestaba poca atención por ambos contendientes, salvo Pershing. ¿Por qué entonces Pershing se empeñó en atacar esa zona? Aquí creo que es necesario remitirse nuevamente a los motivos políticos: mientras que aliados y alemanes se concentraban en Flandes y la Bélgica profunda, Pershing se concentró en una zona mucho menos importante pero solitaria, por lo que británicos, franceses e imperiales no mandarían tropas a esa zona y permitirían un triunfo totalmente estadounidense.
En tercer lugar tenemos la repetición de un error: El ataque estadounidense preveía el uso de nuevos vehículos que romperían el frente enemigo y posteriormente permitirían adentrarse en profundidad en territorio enemigo; o dicho de otro modo: los tanques destrozarían las defensas enemigas con rapidez e inmediatamente después los soldados montados en sus nuevos camiones irían mucho más deprisa y durante mucho más tiempo que avanzando a pie, de modo que era teóricamente posible alcanzar por primera vez territorio alemán. La realidad sin embargo no era muy complaciente; el terreno accidentado de Meuse-Argonne permitió que los relucientes tanques estadounidenses (de fabricación francesa) se atascasen en el barro de las colinas; y los camiones se atascaban con más facilidad que los tanques (eran menos pesados, pero al carecer de oruga hacían más presión sobre el blando suelo). De modo que el ataque se tuvo que realizar a la manera tradicional.

Este último punto es interesante por dos razones: En primer lugar esta confianza en las nuevas tecnologías poco desarrolladas en 1918 ya se repitió con parecidos resultados en México, llama la atención que Pershing no fuese más escéptico con los tanques y camiones. El otro punto es mucho más interesante porque se ha prolongado hasta la actualidad; el ejército estadounidense ha desarrollado una acusada dependencia de los adelantos tecnológicos en lugar de incidir en los métodos tradicionales. Esta dependencia trajo serias consecuencias en muchos de los conflictos en los que se vio implicado en el siglo XX e incluso en nuestros días.

La batalla en si tuvo el desenlace propio de todas las batallas del frente occidental: los americanos se estrellaron contra las posiciones alemanas, que iban siendo tomadas a costa de grandes bajas; Pershing siguió presionando y perdiendo tropas a un ritmo alarmante, pero como los alemanes no consideraban que esa zona merecía la pena, de modo que mandaron pocos refuerzos.
Finalmente, colina tras colina las tropas estadounidenses consiguieron hacer retroceder a los alemanes... hasta la línea Hindemburg. Pese a todos sus esfuerzos y sufrimientos, las tropas de Pershing no lograron romper el frente (como siempre en esta guerra) y acabaron sufriendo más de cien mil bajas. Eso si, se consiguió uno de los objetivos de esta batalla: Sedán fue reconquistado... por los franceses y a pocos días del armisticio.

En general podemos considerar la contraofensiva aliada de 1918 y en particular la batalla de Meusse-Argonne como unas pírricas victorias que solo consiguieron hacer retroceder a los alemanes a sus posiciones iniciales a costa de más de un millón de bajas (127.000 de ellas estadounidenses) y todo eso, mientras los alemanes negociaban el armisticio; lo cierto es que las últimas fases de esta contraofensiva solo pueden definirse como estupidez o crimen.

BAJAS

Aparentemente los estadounidenses sufrieron pocas bajas en esta guerra, sobre todo si comparamos sus números con los del resto de contendientes; pero si comparamos sus bajas, con la cantidad de soldados movilizados y el poco tiempo que estuvieron combatiendo, nos sale un resultado desolador.
Estados Unidos llegó a movilizar a unos cuatro millones de soldados, aunque en Francia solo había algo más de un millón de tropas (aproximadamente 1.300.000 en su mejor momento justo al final de la guerra); pero si tomamos la referencia del millón de soldados y los comparamos con el número de bajas (más de 300.000) nos sale un 30% de bajas, o si preferimos tomar como referencia solamente el número de muertos (117.465) nos sale casi un 12%. Y todo eso teniendo en cuenta que el ejército estadounidense apenas combatió de forma activa unos pocos meses (entre mayo y noviembre de 1918). Lo cierto es que en esos pocos meses Pershing demostró ser tan incompetente y poco preparado como cualquier otro general europeo.
Ahora comparemos el número de bajas del ejército estadounidense en la siguiente guerra mundial (418.500) durante algo más de tres años de guerra; este triste balance nos muestra que la campaña de Francia fue la más mortífera de la historia militar de Estados Unidos teniendo en cuenta el número de bajas producidas en el tiempo que duró.

CONSECUENCIAS

Pershing regresó victorioso a casa, al final consiguió su batalla victoriosa pero sin un gran triunfo del que presumir (no rompió el frente o la línea Hindemburg, no llegó a entrar en territorio alemán) y desgraciadamente trajo un número desproporcionadamente alto de bajas, teniendo en cuenta el poco tiempo que combatieron.
Oficialmente se recibió a Pershing como un héroe nacional, se organizaron banquetes y desfiles en su honor y entró en el panteón de los césares de Estados Unidos... y nada más. Lo cierto es que el número de bajas escandalizó a la sociedad estadounidense y se cuestionó severamente la actuación de Pershing, hasta el punto de organizar una comisión de investigación en el senado de Estados Unidos. Finalmente Pershing salió victorioso de esa comisión siguiendo la táctica de envolverse en la bandera de Estados Unidos (cuestionarme a mi es cuestionar a la nación); pero no salió indemne, a pesar de los honores militares que le fueron concedidos, la carrera política de Pershing quedó totalmente abortada, las exigencias de este general respecto a subir el presupuesto de defensa en tiempos de paz tampoco fue atendida y tras la guerra el ejército de Estados Unidos volvió a ser poco más que una policía armada.

Queda por analizar una de las consecuencias más interesantes de esta guerra: ¿cómo es recordada?

Teóricamente esta fue una gran victoria para Estados Unidos, tanto por las victorias en el campo de batalla como por las consecuencias de esta guerra, que catapultaron a Estados Unidos como la nueva super potencia mundial, debido principalmente a la estupidez de los europeos. Sin embargo no parece que el pueblo estadounidense perciba a la Gran Guerra como una gran victoria; este conflicto se ha olvidado completamente de la cultura popular, y eso incluye la figura del general Pershing, muy respetado en el ámbito académico y militar, pero olvidado por Hollywood, por la televisión y por los escritores de best sellers; a día de hoy es más recordada la epidemia de gripe española (que por lo visto trajeron los veteranos) que las batallas del frente occidental, la intervención en Italia y en la URSS.
Desde el punto de vista táctico y estratégico Pershing no destacó en nada, al menos como general al mando; al igual que otros generales de la Gran Guerra dispuso de ingentes cantidades de recursos que despilfarró estúpidamente en el frente. No creó tácticas nuevas y no supo aprovechar los adelantos técnicos de la época (tanto en México como en Europa); posiblemente no estaba preparado para el mando supremo (al igual que la mayor parte de sus colegas europeos, que accedían al mando por conexiones familiares o por tradición nobiliaria); en ese aspecto Pershing tampoco era diferente a sus colegas del otro lado del Atlántico, él accedió al generalato por favores políticos. Y ese es quizá el mejor legado de Pershing, el asumir que Estados Unidos no es esencialmente diferente al resto de naciones occidentales, que un mediocre como Pershing puede llegar todo lo lejos que le permitan sus contactos y que de poco sirven tus méritos académicos, laborales o militares si no cuentas con fuertes apoyos financieros y políticos.

Los mediocres heredarán la tierra.

http://www.foreignpolicy.com/articles/2010/06/11/countries_without_doctors?page=0,0
http://www.forbes.com/sites/ciocentral/2011/01/20/danger-america-is-losing-its-edge-in-innovation/
http://www.informationweek.com/windows/microsoft-news/microsoft-says-6000-jobs-open-wants-more/240008011
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http://www.amazon.com/Pancho-Villa-Black-Jack-Pershing/dp/0313350043
http://www.meuse-argonne.com/
http://www.muchoslibros.com/libro-EL-TELEGRAMA-ZIMMERMANN/Barbara-W.-Tuchman-/9788498677669/NA/

viernes, 9 de diciembre de 2011

Walther Rathenau: el patriota traicionado por la patria

Este trabajo trata sobre la figura de Walther Rathenau, uno de los pocos patriotas sinceros de los que tengo noticia. Industrial millonario, funcionario ejemplar, político sagaz y honorable y uno de los pocos estadistas dignos de ese nombre que tuvo Alemania durante la primera mitad del siglo XX.

Pese a todo, la historia de Rathenau es una de las más tristes de la política europea, fundamentalmente porque se trata de la historia de una traición; normalmente cuando hablamos de traiciones se suele tratar de historias en las que un individuo o grupo de individuos traiciona a su país, a su ciudad, a su grupo etno-religioso o a su tribu, pero en este caso fue una nación la que traicionó a un valioso individuo.

Pese a todo Rathenau era un orgulloso hijo de Alemania y de su tiempo, un ejemplo de lo mejor de aquel país y un triste resto de lo que pudo ser y no fue.

Orígenes: El padre y su obra, desentrañando mitos

Walther era hijo del empresario Emil Rathenau, fundador de una de las mayores empresas alemanas, cuyo poder e influencia ha perdurado hasta hoy, la Allgemeine Elektrizitäts-Gesellschaft (AEG) o Sociedad General de Electricidad. En teoría Emil no podría convertirse en un señor de la industria mundial debido a sus poco recomendables orígenes sociales (para la mentalidad de la época) que básicamente se reducía a su religión: era judío. Pese a todo, la Alemania del Segundo Imperio era uno de los países más abiertos en materia de religión de Europa y si bien no se podía evitar la circulación de todo tipo de panfletos y opiniones antisemitas, es necesario recordar que la población judía pudo prosperar junto a su nación. Como consecuencia de ese trato justo, la familia Rathenau desarrolló un acentuado patriotismo hacia Alemania, llegando al extremo de criticar a los judíos que se negaban a integrarse en la nueva Alemania; este patriotismo llevaría a Walther a criticar el naciente sionismo.

AEG o el triunfo de la retro-ingeniería.

Vamos a centrarnos brevemente en el nacimiento y desarrollo de esta empresa. El origen de la AEG se debe a un invento norteamericano, concretamente la bombilla del señor Edison.

En la década de 1870/1880 Europa estaba sumida en una profunda crisis económica, salvo Gran Bretaña, que lograba sacar adelante su producción industrial a costa de exterminar por hambre y guerras a la feliz población de la India Británica y otros dominios. Al igual que la crisis que actualmente estamos disfrutando, una de las causas fundamentales de aquella depresión económica era la obsolescencia del motor industrial de aquella época (el vapor generado por combustión de carbón) y la irrupción de un nuevo desarrollo e industria basados en el petróleo y la electricidad.
Emil Rathenau no era un inventor (los millonarios raramente lo son) pero tenía una gran perspicacia a la hora de ver el futuro y supo prever las futuras necesidades de millones de futuros consumidores y clientes. De modo que si queréis ser millonarios, recordad que no lo conseguiréis serlo trabajando duro, ni desarrollando grandes inventos, sino creando pequeños conceptos que a la larga cambian a mejor la vida de todo el mundo como, por ejemplo, el tetrabrik. Algo barato y fabricado masivamente, si os da por hacer juguetes para ricos, no seréis millonarios.
Justo antes de la crisis de 1870, Emil Rathenau intuyó que la electricidad sería el nuevo motor del mundo y que quien consiguiese posicionarse antes en el naciente mercado eléctrico dominaría la economía nacional.
De modo que en 1881, con la ayuda de un crédito concedido por varios bancos alemanes, obtuvo la concesión de varias patentes de la compañía General Electric (es decir de otro supuesto inventor y gran cacique industrial: Thomas Alva Edison), lo que inmediatamente le colocó en lo más alto de la incipiente industria eléctrica alemana, de la mano de su naciente empresa, la Deutsche Edison-Gesellschaft für angewandte Elektricität que posteriormente sería rebautizada como Allgemeine Elektrizitäts-Gesellschaft para darle un aire más germánico.
Con el tiempo AEG se convertiría en un referente nacional y europeo en el campo de la fabricación de todo tipo de menaje eléctrico y de electrodomésticos, gracias al genio del padre fundador, a la alegría de sus trabajadores, al tradicional amor al trabajo de la raza germana y al inmejorable control de calidad propio de AEG y de la industria alemana.

Hasta aquí la historia oficial.

La historia real es como siempre, menos épica pero más interesante; especialmente porque nos permite desentrañar las razones reales del espectacular desarrollo de la economía del segundo imperio alemán y de AEG en particular. Básicamente el éxito de Rathenau se debió fundamentalmente a la retro-ingeniería o dicho de forma más clara: copiaba sin escrúpulos todos los diseños de General Electric (en adelante GE) presentándolos como propios, con ligeras variaciones de formas y tamaños (diseño, que dirían los más melindrosos) para que los abogados de GE no refunfuñasen demasiado y sobre todo, para que los clientes no confundiesen sus productos con los de la competencia.
Es necesario resaltar la importancia del diseño en los productos de AEG; Emil Rathenau también tuvo visión de futuro en este aspecto; su compañía fue de las primeras en contratar a artistas gráficos (AKA diseñadores) que crearían logos y diseños característicos que hacían que sus productos destacasen de la masa e imprimían cierto carácter en medio de la aburrida producción masiva, característica de la fabricación industrial. Y por supuesto, protegían (y protegen) a sus productos de posibles litigios con GE u otras empresas.

Las buenas ideas se copian; como bien sabía el propio Emil, e inmediatamente surgieron cientos de empresas que hicieron lo mismo que AEG: copiar productos mediante retro-ingeniería (o plagio, como prefiera llamarlo el lector), mejorarlos en la medida de lo posible, enmascarar el plagio por medio del diseño y lanzarlo al mercado. Obviamente junto a estas copias se desarrollaron inventos genuinamente alemanes como el coche con motor de explosión, que lógicamente sufrieron la retro-ingeniería de otros competidores nacionales y extranjeros.

La retro-ingeniería no explica por si sola el éxito de estas empresas, especialmente en lo que se refiere a su éxito en los mercados internacionales. Para entender este éxito es necesario explicar el otro pilar fundamental del éxito alemán: el apoyo sin fisuras del gobierno alemán a las empresas y los empresarios alemanes.

Para las generaciones que hemos sido educadas en el dogma liberal esto nos puede sonar a alguna herejía socialista, pero la triste realidad es que ninguna gran empresa o negocio será viable sin el apoyo del estado en su triple función: por una parte como protector de estas empresas cargando con aranceles e impuestos a la competencia extranjera (esta medida es mucho más efectiva que cualquier litigio de propiedad intelectual, cosa que muchos no han entendido) y destrozando mediante inspecciones fiscales a aquellas empresas nacionales que no pasen por el aro. Además el estado será el principal cliente de los productos fabricados por estas empresas, lo cierto es que el libre mercado de consumidores y usuarios es una falacia, para desarrollarse una nación debe crear un importante mercado interior férreamente protegido. A partir de esa base protectora, las empresas pueden lanzarse agresivamente a la conquista de mercados en el exterior.

Y aquí aparece la otra función del estado como protector de estas empresas: el apoyo exterior. Para que los productos de AEG y demás empresas sean atractivos en el resto de mercados deben tener una relación calidad/precio por encima de la media (o al menos aparentarlo de forma convincente), para lograrlo el estado maniobrará de tal forma que su moneda nacional se mantenga a un cambio artificialmente bajo con respecto a las monedas de sus competidores, de esta forma los productos alemanes siempre serán más baratos que los nacionales; sobretodo en aquellas naciones librecambistas que adoptan el dogma del libre comercio, que a la larga solo consiguieron arruinar a sus industrias y desarrollar una acusada dependencia exterior. Esta dependencia exterior se traduce en una mayor presión del estado alemán hacia aquellos países con su mercado cautivo; poco a poco la diplomacia alemana presiona a aquellas naciones para que se “desarrollen” con la construcción de grandes obras públicas y para que se “protejan” con la creación de grandes ejércitos. Como ya habréis supuesto, este desarrollo y refuerzo rápido se obtiene con la concesión de créditos por parte del estado alemán al estado en cuestión y con contratos de compra de materias primas baratas; por otra parte estas obras y armas se compran, como no podía ser de otra forma, a empresas alemanas, de modo que el dinero del estado alemán regresa a Alemania de forma indirecta. Y además las empresas alemanas gozarán de otros mercados cautivos gracias a la deuda que estos estados tienen con Alemania y/o empresas alemanas; recordad que si deseáis haceros millonarios, nunca hay que endeudarse con tonterías como casas, carreteras, aviones o armas; el dinero es una herramienta no un fin.

Para asegurarse la calidad y cantidad de los productos de AEG y otras empresas, es necesario mantener una gran productividad por parte de sus trabajadores y eso se consigue mediante dos fórmulas; la primera compete exclusivamente a la empresa: se invierte parte de los beneficios en investigar y desarrollar maquinaria nueva y métodos de producción más eficientes. Como esto queda muy generalizado, voy a poner un ejemplo pedestre para que todos podamos entendernos.

Si yo tengo una empresa especializada en cavar zanjas y tengo cincuenta trabajadores ¿cómo puedo aumentar la productividad? El empresaurio hispano tiene la respuesta habitual dictada por generaciones de caciques temerosos de cambios: despedir a la mitad de los trabajadores y obligar al resto a cubrir la misma cuota de trabajo por el mismo sueldo o menos (es decir buscará la cuadratura del círculo) y como consecuencia de los retrasos generados por tan sabia filosofía laboral perderá el contrato o retrasará la obra a costa del cliente final.
Los empresarios tipo Rathenau razonan de otra forma: Si formo a los trabajadores en el uso y mantenimiento de maquinaria especializada, la producción y los beneficios aumentarán de forma exponencial, sobre todo si es mi empresa (o alguna empresa asociada) la que fabrique esa nueva maquinaria y no sea necesario dar mi dinero a otras empresas.

En resumen: si queréis haceros millonarios tenéis que asumir algo tan simple como que invertir dinero no es gastar dinero, algo que el empresaurio hispano no ha entendido todavía.

La segunda fórmula (y tercera función) compete exclusivamente al estado y consiste en crear paz social. Los trabajadores no sabotearán la producción, ni harán huelgas salvajes, ni se afiliarán a los sindicatos más radicales, ni se les ocurrirá secuestrar y asesinar burgueses o poner bombas en el Liceo. Para lograr este objetivo el estado alemán comenzará a dictar una serie de leyes destinadas a mejorar la calidad de vida de esta amplia clase social, tales como la primera seguridad social, salarios regulados, jornadas de trabajo reguladas en función de su peligro o trabajo físico. Al mismo tiempo el estado asegurará unos mínimos a la hora de dar educación y sanidad a los trabajadores y sus hijos, con lo que elimina en parte dos de las mayores preocupaciones de cualquier padre de familia y por tanto la gran masa de la clase trabajadora se dedicará a trabajar y a enriquecer a su empresa y a su país en lugar de plantear huelgas.

Este estado social (Sozialstaat) será la razón principal y casi exclusiva del gran despegue alemán de finales del siglo XIX: un complejo contrato social en el que el estado alemán protege a sus empresas y empresarios tanto dentro como fuera de Alemania, a cambio de que estas empresas traten a sus empleados de la mejor forma posible y todos remen en la misma dirección. Como podemos ver fue la justicia social lo que hizo que en menos de una generación Alemania pasara de ser un montón de bantustanes inconexos a ser una de las mayores economías del planeta, sin necesidad de crearse grandes imperios.

Y para finalizar nuestro curso acelerado de enriquecimiento personal, diremos que para ser millonario es imprescindible mantener buenas relaciones con el estado o con los estados, los contratos públicos por pequeños que sean, son mucho más rentables que cualquier éxito de ventas entre el público (que como todas las modas, siempre será momentáneo). Por esa razón deberéis alagar a esos gobiernos hasta el absurdo y justificar cualquier tipo de tropelía realizada por ese o esos gobiernos y negar con vehemencia las acusaciones de violación de derechos humanos y demás zarandajas, lo que sea con tal de conseguir el contrato. Recordad que tener escrúpulos es de pobres.

Este era el país que vio nacer a Walther Rathenau un 29 de septiembre de 1867 y AEG la empresa a la que estaba destinado a dirigir hasta las más altas cumbres de la industria eléctrica mundial.

El joven Walther destacó rápidamente por su notable inteligencia, una inteligencia que asombrosamente no se centró en el campo de los negocios y de la industria eléctrica sino que se interesó por todos los campos del saber, eso queda reflejado en sus estudios universitarios puesto que se dedicó a estudiar física, química y... filosofía.
El interesarse por varios campos del saber le será muy útil a la hora de realizar varios trabajos al mismo tiempo, sobre todo cuando tenía que administrar su gran empresa y realizar importantes tareas de gobierno. E incluso esta capacidad de “amplio espectro” la llevaba a la vida personal, económica, pública etc. Por ejemplo era un conservador político, pero se preocupaba mucho por el bienestar de los trabajadores e incluso criticaba la excesiva tecnocracia de la sociedad moderna (y eso que la palabra tecnócrata parecía inventada para él); también era una gran partidario de la fuerte interrelación entre la empresas y el estado, hasta el punto de otorgar al estado la última palabra en las grandes decisiones económicas y estratégicas de las industrias y negocios. Curiosamente, a pesar de estar situado ideológicamente en la derecha o centro-derecha, sus ideas fueron posteriormente copiadas por Lenin y otros dirigentes soviéticos en sus planes de desarrollo e industrialización acelerada de la Unión Soviética; posiblemente el ascenso de la URSS como potencia mundial le debe mucho a las ideas de Rathenau.

En lo que nunca se mostró ambiguo fue en su amor incondicional a su patria; Rathenau siempre estuvo dispuesto a ponerse a las órdenes de su país y a darlo todo por su país, incluso su identidad religiosa, su identidad cultural y finalmente su vida.

Ese fue seguramente el primer gran sacrificio que hizo Rathenau por Alemania; nunca dudó a la hora de asumir que por encima de todo él era alemán, de cultura alemana e incluso de religión alemana en el sentido de mitificar las instituciones alemanas hasta el absurdo (por ejemplo, no veo a un tótem más patético que Guillermo II, salvo quizá Fernando VII y su familia).
Si bien es necesario reconocer que en estas opiniones, el joven Walther no inventó nada; a pesar del tópico antisemita, las comunidades judías de la Europa estaban profundamente divididas en cuanto a su actitud ante los diversos estados y su lealtad hacia ellos. Simplificando mucho, podemos distinguir dos tendencias entre los judíos centro europeos; por una parte tenemos a los judíos que han crecido en los estados occidentales como Gran Bretaña, Francia, Holanda y la nueva Alemania. Estas nuevas generaciones han visto como estas naciones han realizado un esfuerzo sincero por integrarles en el estado, hasta el punto de que sus abuelos ven cosas que ni en sus más disparatados sueños habrían imaginado: funcionarios judíos, empresarios judíos, abogados judíos e incluso (ya rozando el surrealismo, para generaciones que conocieron los guetos) policías y militares judíos. Como es lógico estas medidas no consiguieron acabar con milenios de prejuicios y odio étnico, pero entre estas nuevas generaciones judías se apreció el cambio hasta el punto de apoyar al estado con la típica fe del converso.
Por otro lado tenemos a las comunidades judías de Europa oriental, que poco a poco van llegando a la parte occidental del continente en busca de oportunidades y libertad; estas comunidades vienen de lugares en los que el progrom es el deporte nacional, donde los guetos no son simples barrios o pueblos sino auténticos estados dentro del estado en los que la única ley que se aplica es de tipo religioso (junto con los constantes impuestos a los que son sometidos), donde incluso se imprime su propia moneda y el contacto con los gentiles se encuentra completamente restringido (el contacto más frecuente suele ser el látigo de la policía o el bastón de algún paleto). Como consecuencia de esta represión constante, estas comunidades reaccionan con una vuelta fanática a sus tradiciones y religión y una desconfianza (u odio) hacia todas las instituciones estatales, que solo les traen violencia, impuestos injustos, insultos y represión; cualquier intento de integración en esos estados es simplemente impensable, o directamente peligroso.

Conforme estas comunidades se instalan en occidente, no solo traen sus trasnochadas tradiciones, sino una desconfianza casi patológica al estado y a sus representantes (desde emperadores hasta el último policía de barrio) y no tardan en formar unos seudo guetos en los que se sienten más libres, a pesar de contar con unos derechos civiles con los que no podían ni soñar en sus lugares de origen. Como es lógico, esta negativa a integrarse es vista con una mezcla de asombro, desconfianza e incluso curiosidad por parte de los gentiles e indignación y vergüenza por parte de las comunidades judías asimiladas. Para la incipiente (y exitosa) burguesía judía la actitud de los judíos orientales es errónea y contraproducente, puesto que se convierten en caricaturas antisemitas vivas e incluso una carga para el estado cuando éste hace un esfuerzo por escolarizar a los niños y dar una pequeña sanidad a los ancianos y ellos mismos rechazan la posibilidad de triunfar económica y socialmente en esos países.

Conforme más éxito tienen estos grandes empresarios judíos, mayor es el amor que desarrollan por su país y mayores son las críticas que dedican a estas comunidades que desconfían del estado y de sus servidores, a pesar de que muchos de estos servidores son judíos. Y conforme estas críticas aumentan, ellos se defienden con la típica frase del judío reprimido “Si algún día olvidas quién eres, algún gentil te lo recordará” esta frase pesará como una maldición en Rathenau.

Paralelamente a esta polémica, surgirá otra controversia cuando aparezca el sionismo en Europa. Para Rathenau, el sionismo es directamente una estupidez irrealizable, además de estar formado por una confusa ideología que mezcla religión, nacionalismo y socialismo; en cierto modo el sionismo es una mezcla de todo lo que le repele a Rathenau: negación de la integración, socialismo y fanatismo religioso. No obstante es preciso reconocer que la opinión de Rathenau era ampliamente compartida por la mayor parte de sus correligionarios; a pesar de la propaganda que periódicamente difunde el estado de Israel el sionismo siempre fue un movimiento minoritario dentro de las comunidades judías europeas hasta 1945, e incluso el sionismo sufría constantes luchas intestinas debido a lo heterogéneo de sus componentes, difusión de sus objetivos y una fuerte división entre la derecha y la izquierda o religiosos y laicos.

Trabajando en AEG

Tan pronto terminó sus estudios, el joven Walther empezó a trabajar en una prometedora rama de la empresa: la electroquímica; para empezar se desplazó a la ciudad suiza de Neuhausen donde se especializó en la fabricación de aluminio; posteriormente llegaría a desarrollar un método para obtener cloro a partir de la electrolisis. Es interesante este momento porque durante la guerra trabajaría estrechamente con la industria química buscando alternativas a las escasas materias primas.
Posteriormente regresaría a Berlín donde trabajaría a la sombra de su padre en la sede central de la empresa; este período coincide con el gran despegue de AEG a todos los niveles, con la construcción de nuevas centrales eléctricas, nuevas factorías y desarrollando nuevas tecnologías, nuevas máquinas y nuevos servicios. Llegando a fabricar incluso las primeras máquinas de ferrocarril eléctricas hacia 1914.
Paralelamente a este éxito empresarial (suyo y de su país), Walther Rathenau siguió mostrando preocupaciones intelectuales con la publicación de algunos libros en los que refleja las ideas que mantendrá toda si vida: Combatir al socialismo con avances sociales, necesidad de fortalecer al estado central frente al excesivo poder de los estados alemanes, cooperación entre estado y empresas, etc. Una de las ideas más polémicas que desarrolló fue la de proponer un monopolio imperial del mercado eléctrico (el estado fijaría el precio).
Cuando un empresario se dedica a publicar sus ideas, es que se está preparando para dar un salto a la política, y lo cierto es que conforme Walther cumplía años más le interesaba el mundo político, especialmente porque veía un importante hueco en el espectro político alemán: faltaba un partido de centro-derecha que supiese aglutinar a esos alemanes de clase media que no terminaban de sentirse atraídos por los socialdemócratas, pero se negaban a votar a los partidos de derecha alemán por su excesivo conservadurismo y el desproporcionado peso de las iglesias (protestante y católica) en sus decisiones; la idea de Rathenau se basaba en crear un partido moderadamente conservador y laico, donde pudiesen encontrar su sitio las minorías judías, agnósticas o ateas (conforme avanzaban los descubrimientos científicos y se quitó el privilegio educativo a las iglesias, aumentó notablemente el escepticismo religioso) y una gran bolsa de voto urbano y moderno pero ideológicamente moderado.

Desgraciadamente la guerra truncó la maduración de estos ambiciosos planes, pero al menos aceleró su paso a la arena pública.

LA GUERRA Y LAS MATERIAS PRIMAS

Como buen realista, Rathenau se oponía a la política belicista de Guillermo II y era uno de los pocos alemanes que se atrevía a exponer en público sus ideas moderadas (no estrictamente pacifistas) y realistas. Este planteamiento se debía a que Rathenau conocía bien la fortaleza de la economía alemana, a la que tanto había contribuido, pero conocía también sus debilidades, que podemos resumir en su excesiva dependencia de las exportaciones y su gran carencia de materias primas estratégicas salvo hierro y carbón.

Pese a todo Rathenau seguía siendo un patriota alemán, y cuando su nación le pidió ayuda no dudó en ponerse a su disposición, asumiendo un cargo de vital importancia para cualquier guerra: los suministros; en concreto Rathenau asumió el mando de los suministros de materias primas para la guerra del imperio, tras este rimbombante título (que parece sacado de un libro de Borges) se agazapaba el mayor problema de Alemania en esta guerra: su gigantesco músculo industrial consumía ingentes cantidades de materias primas, la mayor parte de ellas importadas. Y a pesar de las promesas de los almirantes imperiales, Rathenau no confiaba en que las rutas de suministros estuviesen permanentemente abiertas, especialmente si Rusia y su inmenso mercado permaneciese cerrado gracias a la estúpida política proteccionista prusiana.
Con el mercado ruso cerrado, solo quedaba una vía abierta que era el comercio por mar con lejanos países neutrales (lógicamente que no fuesen colonias francesas o británicas) con lo que en la práctica quedaba reducido al continente americano, exceptuando el Canadá. Pero ni siquiera esto era posible porque inmediatamente la armada británica bloqueó el Mar del Norte, es de suponer las pocas esperanzas que le quedaron a Rathenau de ganar la guerra.
A pesar de todo, Rathenau afrontó sus responsabilidades con sabiduría y decisión; podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que su período al mando de este importante puesto, fue el de mejor funcionamiento de la economía de guerra alemana. La razón de su éxito es muy simple de entender, pero complicado de aplicar: improvisar con lo que se tiene (virtud más latina que alemana), imaginación a la hora de distribuir los menguantes recursos y hacer de la necesidad virtud con la producción de algunos sucedáneos fabricados o cultivados localmente que paliasen, pero no sustituyesen totalmente, la escasez de materias primas. Otro pilar de su éxito era el de no descuidar a la población civil; era inevitable que los civiles y trabajadores asumiesen unos sacrificios terribles, pero Rathenau se preocupaba de que esos sacrificios fuesen percibidos como algo justo y necesario, de que los precios estuviesen controlados (y por tanto que no apareciese un temible mercado negro, que suele ser una señal inequívoca de la inoperancia del estado) y que los mercados y las raciones se mantuviesen en unos límites razonables dada la situación, de esta forma, el inevitable descontento popular quedó dentro de unos límites razonables hasta 1916.

Respecto a la producción de sucedáneos, es necesario recordar el paso de Rathenau por la industria química y por tanto sabía que a partir de unas materias primas muy simples se podían obtener algunos productos interesantes como los nitratos (imprescindibles para producir abonos sintéticos y explosivos) o el caucho artificial. En cierto modo, Rathenau es el responsable indirecto de la crisis del salitre chileno (principal fuente de nitratos antes de la Gran Guerra) y del caucho amazónico. Los aliados no tenían estos problemas, al tener abiertos los mercados americanos y sus colonias producían todo el caucho natural que necesitaban; pese a todo, al final de la guerra se abalanzaron como buitres sobre estas patentes alemanas, pero esa es otra historia.

Pese a estos innegables éxitos, Rathenau no podía hacer milagros y no dudaba en decir a todo aquel que le escuchase que aquellas medidas solo eran parches provisionales, que Alemania necesitaba un suministro constante e irrestricto de materias primas baratas o debía acabar la guerra lo antes posible. También dejó clara su negativa a la guerra submarina total, por razones humanitarias y estratégicas (intuía que eso era declarar la guerra a Estados Unidos). Desgraciadamente los generales (y almirantes) alemanes rechazaron estas peticiones y ante la imposibilidad de responder a sus argumentos con argumentos se optó por hacerle callar con estúpidas acusaciones de derrotista y de no tener la suficiente fe en la victoria y en el pueblo alemán; cuando se recurre a la fe es que no se puede recurrir a otra cosa y Rathenau comprendió que poco más se podía hacer.
Paralelamente a sus llamadas a la racionalidad, aumentaron las habladurías contra Rathenau y puesto que los patrioteros (que no patriotas) solo podían optar con la fe como arma, no dudaron en emplear todo tipo de basura dialéctica contra Rathenau, incluyendo la envidia (un millonario nunca comprenderá al noble pueblo alemán que se mancha las manos con la sangre del enemigo y con el estiércol del campo), la maledicencia (es un incompetente al que le viene grande el cargo que ocupa y por tanto dice tonterías sobre el hambre y el campo) y por supuesto con su condición religiosa (un judío no tiene patria y por tanto no puede amar a Alemania).

La semilla de la teoría conspiranoica de la puñalada por la espalda se plantó en ese instante.

El 20 de junio de 1915 murió Emil Rathenau, con lo que Walther tuvo que hacerse cargo en exclusiva de AEG, que unido a la evidente pérdida de confianza del nuevo ejecutivo alemán, hizo que abandonase su puesto al servicio del estado. Con la salida de Rathenau Alemania perdía a uno de los escasos dirigentes serios con los que contaba, y su puesto fue ocupado por burócratas sin criterio o sin valor para decir a sus superiores la verdad y no lo que querían oír; Alemania optó por realizar un quimérico plan basado en mandar todo su poder económico e industrial al frente, sin tener en cuenta las necesidades de los civiles.
Este plan (llamado pomposamente Plan Hindenburg) sirvió básicamente para dar la razón a Rathenau: la economía alemana colapsó, el hambre se instaló en la retaguardia y con el hambre se sucedieron las huelgas, los sabotajes y las exigencias de paz a cualquier precio. A esta situación se unió la llegada de Estados Unidos a la guerra y el fracaso de las últimas ofensivas alemanas en Francia.

Gracias a la diplomacia de los países neutrales, los aliados sabían que Alemania había colapsado y cuando el nuevo gobierno alemán pidió iniciar las conversaciones de paz, los enemigos de Alemania se dispusieron a saquear a fondo las riquezas del enemigo, e imponer unas condiciones de paz humillantes a la par que dañinas para una futura recuperación económica.

TRIUNFO Y ASESINATO

Ante este estado de cosas, el gobierno republicano decidió llamar a una de las pocas personas que salió con su prestigio intacto de la guerra; pese a toda la basura regurgitada por la extrema derecha alemana el pueblo alemán recordaba con agrado el periodo en el que Rathenau llevó la economía de guerra alemana.
Como resulta obvio, aquel ofrecimiento era formalmente un alto honor, pero en la práctica representaba una montaña de problemas. En primer lugar suponía que Rathenau no podría dirigir la reconversión del imperio AEG y su retorno a la industria civil, en un momento en que en Alemania todo estaba por hacer; por otra parte debería cooperar con los socialdemócratas con quienes estaba ideológicamente enfrentado, y para terminar debía conducir a una nación arruinada y derrotada, además debería tratar con sus enemigos y negociar desde una postura de extrema debilidad ante unos vencedores (sobre todo Francia y Bélgica) que no buscaban paz sino venganza.

El sentido común dictaba que cualquier acercamiento a algún puesto de responsabilidad en aquellas circunstancias sería perjudicial para la salud; pero como de costumbre Walther Rathenau actuó con patriotismo (patriotismo del que carecían el emperador Guillermo y el dictador Ludendroff cuando desertaron miserablemente de sus responsabilidades en 1918). El patriotismo se demuestra en los momentos difíciles cuando tus compatriotas tienen problemas y hay que intentar poner soluciones, por desagradable que sea, por costoso que sea y especialmente por desagradecido que sea.

Tras algunas vacilaciones Rathenau aceptó entrar en el gobierno en 1920, justo después del pronunciamiento (sigo sin entender por qué no se pueden llamar las cosas por su nombre cuando se trata de acontecimientos sitos al norte de los Pirineos) de Kapp. Suponemos que la peligrosa deriva de la política alemana decidió definitivamente a Rathenau a dar el paso a la política; aceptando dentro de los posibles cargos, uno de los más desagradables: ministro de asuntos exteriores, es decir le tocaba negociar directamente con los aliados las reparaciones de guerra.
En este punto Rathenau sabía que tenía muy poco margen de maniobra, debido a la extrema debilidad en la que se encontraba Alemania y como única alternativa al tratado de Versalles solo aparecía la ocupación militar y la posible desmembración de Alemania. No obstante Rathenau supo ver una posible ventaja en las desavenencias que empezaban a surgir entre los aliados; por una parte estaban los franceses y belgas, países que habían sufrido mucho con esta guerra (especialmente Bélgica) y que se mostraban inflexibles a la hora de exigir compensaciones económicas e incluso territoriales a Alemania; tengamos en cuenta que en Versalles no solo se destilaba afán de venganza estos dos países tenían necesidades económicas muy acuciantes y muy reales; necesitaban el dinero (en forma de oro, carbón, acero, bienes de consumo, etc.) de manera urgente para rehacer su vida económica e incluso social.
Por otra parte Gran Bretaña y sobre todo Estados Unidos se mostraban mucho más flexibles y comprensivos; aunque Gran Bretaña no estaba dispuesta a perdonar las compensaciones alemanas, pero se avenía a negociar plazos, entregas y cantidades; especialmente porque entre los negociadores británicos se encontraba uno de los pocos economistas con un sentido de la decencia y de la realidad tan infrecuentes en esta profesión, Lord Keynes.

El principal problema de Rathenau era saber cómo pagar tanto dinero a tantos países cuando no se dispone de ese dinero y además una parte de esos países exige el pago ya bajo amenaza de invasión (y recordemos que ante esa invasión estarías prácticamente indefenso); la solución que encontró Ratehanu sin ser perfecta, era con mucha diferencia la menos mala: ofrecer a Gran Bretaña el pago en oro y dinero de las compensaciones, a cambio de mayor flexibilidad en los pagos y a Francia y Bélgica se les ofreció un pago en especie con la producción de carbón de alta calidad del Ruhr. Este acuerdo (o Tratado de Wiesbaden) fue acogido con frialdad por absolutamente todas las partes, pero finalmente fue aceptado por todos debido a que básicamente era la única forma realista de afrontar las compensaciones de guerra.
Finalmente la actitud de Estados Unidos que convino en abrir una línea de créditos a Alemania para que ésta pudiese relanzar su economía y al mismo tiempo empezar a afrontar los pagos, terminó por vencer la resistencia de los más vengativos y menos realistas.

Es importante remarcar que en esos años se consumó el sueño de Rathenau al participar en la creación de un partido de centro-derecha, el Partido Democrático Alemán que básicamente recogía su ideario democrático; a pesar de que nunca tuvo lo que se dice un éxito arrollador (su mejor resultado fue un 18% de los votos en 1919), llama la atención la gran cantidad de intelectuales que atrajo (Einstein, Thomas Mann o Max Webber).

Tras la vorágine de Versalles, llegó el turno de los miles de tratados y sub tratados que darían forma a la Europa de entre guerras y en ese momento Rathenau consiguió el mayor éxito de su carrera política al servicio de Alemania, el tratado de Rapallo.

La génesis de este tratado resulta como mínimo extraña; mientras que representantes de los gobiernos alemán y ruso se encontraban reunidos junto a otros líderes mundiales en la ciudad de Génova para tratar el siempre conflictivo tema del patrón oro, ocurrió algo ciertamente extraño. Los representantes soviéticos consiguieron contactar en secreto con los delegados alemanes para improvisar una conferencia por su cuenta.

Si hacemos caso a Sebastian Haffner, Rathenau no tenía ni la menor idea de las intenciones rusas, hasta el punto de que el aviso ruso, al producirse con nocturnidad y alevosía, sorprendió al honorable ministro en pijama. Desde luego Rathenau no fue el único sorprendido, por lo visto los representantes del resto de potencias se mostraron entre sorprendidos e indignados ante la reunión germano-rusa.
Lo cierto es que resulta extraño que las potencias vencedoras de la Gran Guerra no supiesen prever ese entendimiento porque objetivamente hablando estas dos naciones estaban condenadas a entenderse; tanto la URSS como Alemania eran dos países aislados y amenazados por esas potencias (especialmente Japón en el caso soviético y Francia en el caso alemán; posteriormente estas amenazas se materializarían en ambos casos), ambas naciones tenían necesidades complementarias entre ambas (la URSS necesitaba tecnología moderna e industrias, Alemania materias primas baratas y un mercado para sus productos industriales).
Rathenau supo ver la gran oportunidad que se le presentaba a su nación y no dudó en reunirse en la pequeña localidad de Rapallo con la delegación rusa e improvisar una conferencia internacional de primer orden en la que se firmó un tratado que si bien beneficiaba a ambas partes, la parte que salía mejor parada era sin duda alguna Alemania. Además se hacía borrón y cuenta nueva respecto a las deudas de guerra mutuas y la fijación de fronteras (ese era el menor de los problemas, ninguna de las dos naciones podía pagar más deudas y no estaban para luchas fronterizas en Prusia Oriental).

No obstante, este tratado tenía una cláusula secreta que pesaría en el legado de Rathenau, la cláusula militar. El tratado de Rapallo destrozaba el fin último de los tratados de Versalles: la alienación de Alemania con el objetivo no declarado de frenar un rápido desarrollo económico, tecnológico e industrial que cuestionase la supremacía franco-británica en Europa y en el mundo; con el inmenso mercado ruso abierto a los productos alemanes y con un cheque en blanco ruso (en forma de materias primas baratas) para desarrollar nuevas técnicas e industrias, Alemania había roto el bloqueo económico impuesto por los aliados; pero también destrozó el veto aliado en lo referente a la investigación de tecnología de guerra. También incluía una cláusula para permitir a las industrias alemanas explotar los campos petrolíferos de Bakú a cambio de mejorar la tecnología extractora soviética y expulsando definitivamente los intereses británicos de esa zona, el petróleo ya no será un problema para Alemania hasta 1941.
Uno de los aspectos más espectaculares (y secretos) de este acuerdo fue el que Alemania literalmente montó factorías secretas en territorio soviético destinadas a co fabricar aviones y tanques modernos, además Alemania se beneficiaba de las extensas maniobras del ejército rojo en materia de despliegue de blindados y la combinación de armas en estas maniobras (blindados, aviones, infantería mecanizada, artillería autopropulsada,...) en realidad la guerra relámpago se gestó en Rapallo.

Como es fácil de imaginar, este tratado levantó ampollas en todo el mundo; a los aliados porque básicamente dinamitaba los esfuerzos de Versalles, pero curiosamente donde más polémica existió fue en la propia Alemania. Como hemos visto este tratado beneficiaba más a Alemania y fue visto como un éxito diplomático y económico, pero entre los sectores más cavernarios era visto como una súplica de la orgullosa Alemania al demonio rojo, como una conspiración judeo bolchevique y en resumen como una “traición” a Alemania (como es fácil de suponer, esta basura era regurgitada por los traidores de 1918). A esta situación, se unieron las críticas a la gestión del tratado de Versalles, que nuevamente era presentado como una traición a Alemania y una fase más de la famosa conspiración judía mundial contra Alemania y el cristianismo.

EL ASESINATO Y SUS CONSECUENCIAS

A los dos meses de la firma del tratado de Rapallo, Walther Rathenau sufrió un atentado que le costó la vida.

Es tentador establecer una crónica de este asesinato político como una gran conspiración militarista contra un estadista civil y judío pero siendo sinceros, podemos decir que el gran refrán español que dice eso de “entre todos la mataron y ella sola se murió” resume perfectamente este magnicidio.

Iremos por puntos para aclararlo mejor:

A Rathenau le asesinó la injusticia de la República de Weimar: desde 1919, la nueva república había reprimido diversos motines y conatos de guerra civil propiciados por extremistas de izquierda y derecha, pero solo se ensañó con la extrema izquierda a la que reprimió de forma implacable, mientras que miraba para otro lado con los crímenes de la extrema derecha militarista.

A Rathenau le asesinó la sensación de impunidad de la extrema derecha: Desde 1918 hasta 1922 los escuadrones de la muerte y los terroristas proto nazis llevaron a cabo una serie de asesinatos políticos que empezaron con Rosa Luxemburgo y culminó con Walther Rathenau. El gobierno socialdemócrata miraba para otro lado por miedo a iniciar una guerra civil y una cierta comprensión hacia unos asesinos que decían actuar por motivos patrióticos.

A Rathenau le asesinaron las mentiras y auto engaños de la extrema derecha: Insultar a Rathenau era una forma de no asumir los errores de la Gran Guerra; en cierto modo, eliminando a Rathenau se callaba a un molesto testigo de la incompetencia criminal de la dictadura de Ludendorff y en general, una muestra de que un país se gobierna con sentido común y no con soflamas patrioteras.

A Rathenau le asesinaron sus ganas de justicia social: Para hacer frente a los pagos de Versalles y para re lanzar la economía alemana, Rathenau preparaba una nueva ley fiscal que (resumiéndola mucho) consistía en establecer impuestos directos (los que más tenían, pagarían más justo al contrario de la contrarreforma fiscal que se está perpetrando en estos momentos en Europa). Esta reforma fue inmediatamente contestada por los patrioteros, quienes creían que crear riqueza consistía en imprimir billetes sin control, como veremos más adelante esta estupidez económica llevaría a Alemania otra vez al desastre.

A Rathenau le asesinó su patriotismo, su sentido del deber y su deseo de ayudar a sus compatriotas: Rathenau era millonario, no solo heredó una fortuna sino que su buen hacer empresarial, permitió a AEG salir de la guerra y del proceso de reconversión industrial sin arruinar sus empresas (cosa que no todos consiguieron); podría haberse dedicado a sus negocios y a disfrutar de una vida digna de un sátrapa, incluso podría haber esperado unos cuantos años y haber entrado en política cuando lo peor hubiese pasado. Pero asumió que su amor a Alemania estaba por encima de todo y que debía ayudar a su ingrato país en los peores años de su reciente existencia y lo hizo bien, tanto en la guerra como en la famélica posguerra, las medidas y las políticas de Rathenau funcionaron a largo plazo y habrían marcado el camino a seguir para la recuperación alemana. Tras su asesinato se establecieron unas medidas políticas y económicas irracionales (parece que lo único necesario para establecer una nueva ley era que no la habría aprobado Rathenau) que culminaron con la ruina de la nación y el camino a la siguiente guerra.

Esto es a grandes rasgos lo que mató a Rathenau, queda por ver la seudo investigación de su asesinato.

El atentado contra Rathenau fue ciertamente espectacular, el ministro se estaba desplazando con su coche oficial (descapotable y sin blindar), cuando fue interceptado por otro vehículo. Los ocupantes de ese vehículo efectuaron varias ráfagas contra los ocupantes del coche oficial y lanzaron una granada al habitáculo del coche de Rathenau, para asegurarse de la muerte del ministro y seguramente mutilar horriblemente su cuerpo, aunque esto último no lo consiguieron del todo (la onda expansiva levantó el cuerpo de Rathenau).
Como era habitual durante estos atentados los asesinos dejaron muchas pistas, esto no era debido a la desidia de los terroristas sino que es un efecto buscado por todos los escuadrones de la muerte y terroristas del mundo: no tiene que quedar la más mínima duda de quién había hecho esto y por qué; además los terroristas contaban con la impunidad habitual de ese período, desde el asesinato de Rosa Luxemburgo la policía alemana tenía por costumbre mirar hacia otro lado cuando un crimen era cometido por motivos “patrióticos” y si algún superior intentaba investigar algo más de lo normal, no tardaba en recibir todo tipo de amenazas.

Pero esa vez fue diferente.

Tras el asesinato de Rathenau, el país sufrió una conmoción. De repente los melindrosos socialdemócratas y demócratas de Weimar se hartaron de la impunidad de los terroristas patrioteros. De repente las clases medias y trabajadoras se hartaron de aceptar pasivamente esa situación e improvisaron una huelga general que literalmente paralizó al país. De repente los demócratas se dieron cuenta de su fuerza y los patrioteros se dieron cuenta de que básicamente eran una secta de iluminados.

La primera consecuencia del asesinato de Rathenau fue la redacción de la “Ley para la defensa de la República”, que entre otras cosas prohibía las organizaciones antisemitas; otra consecuencia de ese magnicidio fue que la policía tuvo que investigar el crimen, para variar. Como ya dijimos, los terroristas dejaron un montón de pruebas y nada mas empezar a investigar el caso comenzó a apestar.
En primer lugar se descubrió que todas las armas y la munición empleada eran de procedencia militar, de modo que los autores o eran militares o tenían estrecho contacto con las fuerzas armadas; a partir de ahí no fue difícil seguir el rastro de los asesinos, a las cuatro semanas del asesinato la policía estrechó el cerco y finalmente les rodearon en el castillo de Bad Kosen. En este momento no está claro lo que ocurrió, unas fuentes dicen que los terroristas fueron abatidos por la policía y otros mantienen que los terroristas se suicidaron; o tal vez los suicidaron, iniciando con este acto una larga tradición alemana (hace poco se dio el último caso: http://www.noticias24.com/internacionales/noticia/8186/merkel-muy-preocupada-por-serie-de-asesinatos-neonazis/)

Suicidio o no, la muerte de los autores materiales fue bastante conveniente para que no se siguiese investigando las conexiones de los terroristas en la policía y las fuerzas armadas. Aparte de los autores materiales presuntamente suicidados (Paul Ankermann, Albert Grenz y Herbert Weichardt), se capturó a los seis colaboradores del crimen (Ernst von Salomon, Ernst Werner Techow, Carl Tillessen, Friedrich Warnecke, Hans Gerd Techow y WaldemarNiedrig) que fueron condenados a penas de escasa entidad.

Tras el juicio a los colaboradores de ese magnicidio, las cosas volvieron más o menos al cauce anterior. La ley de protección a la república se usó básicamente para reprimir a la izquierda y un año más tarde del asesinato de Rathenau Hitler realizó su patético pronunciamiento en Munich. Desde el punto de vista económico se hizo exactamente lo contrario que solicitaba Rathenau; no se crearon nuevos impuestos y se dedicaron a imprimir montañas de papel moneda (monetizar la deuda, se llama eso). Como consecuencia de esta estúpida decisión el precio del marco se desplomó y los aliados se negaron a aceptar el pago en marcos de las compensaciones de guerra; el gobierno reaccionó con la típica huida hacia adelante guillermina: canceló los pagos alegando que no tenía suficiente dinero; cuando se le ofreció seguir pagando con carbón y otros pagos en especie, el gobierno canceló las exportaciones de carbón.
Finalmente Francia y Bélgica ocuparon la cuenca del Ruhr, siguiendo con la huida hacia adelante, el gobierno alemán promovió (y subvencionó) huelgas masivas en Renania que fueron duramente reprimidas por las tropas ocupantes; mientras tanto la hiper inflación terminó de quebrar la economía alemana. El resto es de sobra conocido.

Parece que la musa Clio no carece de ironía; la situación que sufrió Alemania en 1922-1923 es muy parecida a la de 1915, en ambos casos un excelente pero incómodo estadista supo manejar la economía alemana en situaciones poco menos que espantosas, se toman medidas duras pero socialmente justas que son mal recibidas por la caverna dirigente (y mediática) alemana, se expulsa de poder al estadista (una vez por invitación, la segunda por asesinato) y finalmente ocurre exactamente lo que quería evitar el estadista.

Finalmente, tenemos una reflexión final sobre la reforma fiscal que planeaba Rathenau y su reacción entre los patrioteros. Resulta curioso ver como en todas partes y en todas épocas el ser humano actúa de forma parecida: los patrioteros (esa gentuza que siempre va con la bandera bordada en la ropa y cada dos palabras pronuncian el nombre del país) parece que desarrollan una extraña fobia a pagar impuestos para su país. Quizá el ejemplo más divertido es el de los deportistas y cantantes que se encuentran exiliados fiscalmente en algún país offshore; aunque últimamente parece que entre ese selecto grupo hay que añadir a miembros de casas reales. Y esta es la mejor lección que podemos sacar de la historia de Rathenau: a la hora de la verdad los patriotas se sacrifican por su país, en tanto que los patrioteros exigen que el país se sacrifique por ellos.

http://www.rathenau.ch/
http://www.piensologoexisto.com/aeg-la-primera-identidad-corporativa-de-la-historia/
http://forococinas.athost.net/curiosidades_aeg.html
libro: ¿Qué fue del buen samaritano? Escrito por Ha-Joon Chang
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/rathenau_walther.ht
http://catarina.udlap.mx/u_dl_a/tales/documentos/lri/gonzalez_m_c/capitulo2.pdf
libro: Los judíos de Europa Escrito por Uriel Macías y Elena Romero.
http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1972/01/07/036.html
http://hemerotecadigital.bne.es/datos1/numeros/internet/Madrid/Vida%20financiera/1922/192201/19220120/19220120_00000.pdf
libro: La wehrmacht: los crímenes del ejército alemán Escrito por Wolfram Wette
libro: El pacto con el diablo Escrito por Sebastian Haffner.
http://findarticles.com/p/articles/mi_m0411/is_n3_v44/ai_17422958/